En 1879, unas pinturas descubiertas en una cueva de Santillana del Mar pusieron en aprietos a toda una comunidad científica. José Calvo Poyato reconstruye la larga controversia que siguió al hallazgo de Altamira: la acusación de fraude, el…
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En 1879, unas pinturas descubiertas en una cueva de Santillana del Mar pusieron en aprietos a toda una comunidad científica. José Calvo Poyato reconstruye la larga controversia que siguió al hallazgo de Altamira: la acusación de fraude, el pulso entre la fe y las nuevas ciencias naturales, y el destino de dos hombres —Marcelino Sanz de Sautuola y Juan Vilanova y Piera— que defendieron la autenticidad de aquellos bisontes sin llegar a ver cómo se les daba la razón.
Cuando Marcelino Sanz de Sautuola levantó la vista hacia la bóveda de una cueva cántabra y comprendió lo que estaba mirando, no sabía que acababa de abrir un litigio que duraría más de veinte años. Las figuras eran demasiado buenas. Demasiado vivas, demasiado seguras de trazo para pertenecer a un ser humano al que la ciencia de la época imaginaba tosco, apenas salido de la animalidad. Esa perfección, que hoy admiramos, fue entonces la principal prueba de cargo contra el hallazgo.
Este ensayo reconstruye la polémica que rodeó a Altamira desde mucho antes de que Altamira existiera. Calvo Poyato retrocede hasta los gabinetes de maravillas de los siglos XVI y XVII, aquellos almacenes distinguidos donde príncipes y burgueses acumulaban huesos raros, piedras caprichosas y curiosidades traídas de ultramar sin la menor intención científica, y sigue el hilo que llevó de esa curiosidad ornamental al nacimiento titubeante de la paleontología, la geología y, finalmente, la prehistoria. Por el camino aparecen las cronologías bíblicas calculadas con una precisión hoy asombrosa —la creación fechada en un día concreto del año 4004 a. C.—, el pulso entre catastrofistas y uniformistas, la sombra larga de Cuvier y el terremoto intelectual que supusieron los libros de Darwin.
Sobre ese trasfondo se entiende por qué el descubrimiento resultó indigerible. La prehistoria aún no era una ciencia reconocida: no tenía cátedras, ni programas, ni respetabilidad que perder salvo la que estaba tratando de ganar. Aceptar Altamira significaba, para los sectores religiosos más rígidos, admitir una antigüedad del hombre incompatible con el Génesis; para los prehistoriadores que peleaban por hacerse un sitio en la universidad, significaba arriesgar su credibilidad avalando algo que no encajaba en ningún esquema disponible. Sautuola y Vilanova y Piera, ambos católicos convencidos y partidarios de conciliar creencia y evidencia, quedaron atrapados en ese fuego cruzado y fueron tratados de falsarios por unos y por otros.
El relato sigue los escenarios donde se libró la batalla —congresos internacionales, periódicos, tertulias, salones— y no ahorra su dimensión personal: la de dos investigadores que murieron con la acusación encima. El desenlace llegó tarde, cuando nuevos hallazgos en Francia hicieron insostenible el escepticismo y hasta el más obstinado de los detractores, Émile Cartailhac, tuvo que firmar una rectificación pública que pasó a la historia con nombre propio: el mea culpa de un escéptico.
Más que una crónica arqueológica, el libro es un estudio sobre cómo funciona el conocimiento cuando choca con sus propios límites: qué hace una disciplina joven ante un dato que la desborda, cuánto pesan la ideología y el prestigio en un dictamen que se presenta como técnico, y por qué a veces la verdad necesita esperar a que cambien quienes deben reconocerla.
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