En una aldea de pescadores cercada por dunas que avanzan, un niño triste sueña que volar no cuesta esfuerzo. La caída desde un roble le tuerce la espalda y lo condena a la joroba; pero bajo esa deformidad crece algo que nadie imagina.
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En una aldea de pescadores cercada por dunas que avanzan, un niño triste sueña que volar no cuesta esfuerzo. La caída desde un roble le tuerce la espalda y lo condena a la joroba; pero bajo esa deformidad crece algo que nadie imagina. Novela lírica sobre el deseo de elevarse y el precio de conseguirlo.
La obra abre con un paisaje antes que con un personaje: la noche cae sobre los campos como un agua oscura, la niebla borra los contornos, un lago pugna por vaciarse en el mar y las dunas avanzan más rápido cuando nadie las mira. En ese territorio de arena que se cuela sin descanso por las rendijas de las chozas —un chisporroteo que nunca termina porque siempre hay un grano que resbala— vive Alsino, hijo de padres alcohólicos que pasan el verano en las salinas, criado casi solo por una abuela curandera cuya fama recorre caletas, quebradas y aldeas de la costa.
Una noche Alsino sueña que volar es fácil para quien deje su peso en tierra, y despierta convencido de haber aprendido el secreto. Arrastra a su hermano Poli a la copa de un roble solitario, abre los faldones de la chaqueta como alas y salta. El intento fracasa; en un segundo intento, ya practicado a solas en las dunas, cae de verdad. La columna quebrada lo deja jorobado para siempre, y a la joroba se suma un campanilleo interior, incesante, que la abuela teme sea el tintineo de la muerte.
Lo que sigue es una fuga. Empujado por un cuerpo que parece obedecer a otra voluntad, Alsino abandona el rancho y se echa a los caminos, que ya no ve inmóviles sino ofreciéndose como una red tendida sobre la tierra. Se hace compañero errante del viejo Nazario, cazador de tordos que engoma las patas de los pájaros y los conduce por las calles del pueblo convertidos en cien vasallos que han olvidado el vuelo: la imagen inversa y exacta del deseo del muchacho. Mientras tanto Alsino soporta a los desconocidos que le tocan la espalda buscando suerte, sin sospechar el verdadero motivo de su terror: bajo la manta, la joroba arde como un huevo empollándose y dos puntas duras crecen día tras día.
En el claro de un bosquecillo, desnudo al sol de invierno, Alsino despliega por fin unas alas pequeñas de finas plumas grises. Aún no bastan para levantar su cuerpo, pero sí para hacer danzar en el aire las hojas secas, silbar los quilos y llorar los maitenes. El prodigio nace, entonces, del mismo golpe que lo dejó deforme, y el niño que quiso ser pájaro descubre que su don deberá guardarlo como un secreto.
Escrita en una prosa de intensa carga sensorial —donde la luna es una moneda arrojada al infinito y el mar una sombra sonora—, la obra entrelaza el relato de aprendizaje con la fábula simbólica. Su fuerza está en el contraste entre la miseria concreta del campo chileno (la arena que sepulta las casas, los golpes, el alcohol, la superstición) y el impulso de elevarse que atraviesa al protagonista. Antes de que las alas aparezcan, ya todo el libro habla de vuelo: los buitres que planean sin batir, los flamencos dormidos en sus nidos de barro, las gaviotas sin rumbo sobre el mar solitario, los tordos privados de alas por una mano vieja y hábil.