En «Aloja», María Juárez Naranjo sitúa a una adolescente en el centro de un crimen que no recuerda haber presenciado. Alba llega a Barcelona desde Toledo el mismo día en que una compañera de clase a la que aún no conoce aparece muerta en…
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En «Aloja», María Juárez Naranjo sitúa a una adolescente en el centro de un crimen que no recuerda haber presenciado. Alba llega a Barcelona desde Toledo el mismo día en que una compañera de clase a la que aún no conoce aparece muerta en el parque del Laberinto de Horta, con los ojos cosidos en cruz sobre un lecho de hojas de acacia y ciprés. La policía la encuentra allí, descalza y en pijama, cantando una nana: sonámbula. A partir de esa coincidencia imposible, la novela avanza por dos vías que se rozan sin tocarse del todo —la investigación de los mossos y las visiones que asaltan a Alba cuando duerme—, y convierte un trastorno del sueño diagnosticado en la infancia en la única llave posible para entender lo que ocurrió aquella madrugada.
Alba tiene diecisiete años, una maleta a medio deshacer y un piso oscuro en la calle Valencia que todavía no reconoce como su casa. El divorcio de sus padres la ha traído desde Toledo a Barcelona, con una madre —Nieves, directora del colegio donde va a estudiar— con la que apenas comparte más que el apellido y una nota escrita en una servilleta de corazones. Su primera noche en la ciudad no termina en su cama: termina en lo alto de la escalera del parque del Laberinto de Horta, descalza, tarareando una canción de cuna a escasos centímetros del cadáver de una chica.
La muerta se llama Ana García. Tiene dieciséis años, está desnuda y colocada en posición fetal sobre un lecho de hojas, con la ropa doblada a un lado y los párpados cosidos con dos cruces de hilo negro. No hay sangre, no hay violencia visible, y sí una puesta en escena que nadie sabe leer. Tampoco hay una explicación razonable para la presencia de Alba: nunca vio a Ana, acaba de aterrizar en la ciudad y llegó hasta allí en taxi, dormida, con una determinación que el propio taxista describió como inquietante. Cuando el inspector Oliver Albiol y el subinspector Vidal empiezan a tirar del hilo, descubren que la testigo y la víctima compartían pupitre en un aula a la que Alba aún no había entrado.
Desde ese arranque, la novela trabaja sobre una tensión sostenida entre el expediente y el presagio. Por un lado, el procedimiento: la autopsia, la botánica forense, las autorizaciones para interrogar a menores, un colegio conmocionado y un grupo de compañeros —las gemelas María y Desiré, Aleix, Roger— donde cada silencio parece pesar más que las respuestas. Por otro, lo que Alba arrastra desde niña y los médicos han catalogado como parasomnia: terrores nocturnos, ahora sonambulismo, y unos sueños donde una figura junto a una cascada se peina con un peine dorado mientras la muerta insiste en repetir una palabra que no acaba de pronunciarse. Su tía abuela Catalina, que amortajaba difuntos en Toledo, siempre lo llamó de otro modo: un don, y una advertencia sobre lo que ocurre cuando se toca a los muertos.
Juárez Naranjo escribe con una atención muy física al escenario —el frío, la humedad de los patios de luces, la penumbra de un piso antiguo, el ruido de una ciudad indiferente al otro lado del balcón— y deja que lo inexplicable se filtre por las rendijas del realismo en lugar de imponerse de golpe. La casa de la infancia sin muñecas, la fobia que nadie en la familia quiere nombrar, un espejo cubierto con una sábana: el pasado de las mujeres de esta familia se insinúa como una segunda investigación, paralela a la policial y quizá más incómoda.
«Aloja» es un thriller de atmósfera más que de golpes de efecto, construido sobre una protagonista que no puede fiarse de su propia memoria y a la que todos —policía, compañeros, madre— miran con la misma pregunta en la cara. La novela avanza hacia ella sin prisa, alternando la investigación de un crimen ritual con el descenso de Alba por el laberinto de sus sueños, y sugiere desde el primer capítulo que la nana que canta desde los tres años no es un recuerdo inocente, sino un mensaje que todavía no ha aprendido a escuchar.