Ensayo histórico sobre los almugávares, las bandas de guerreros de frontera que se forjaron en las montañas del Reino de Aragón y acabaron combatiendo en Sicilia, Anatolia y Grecia al servicio —y a veces al margen— de la Corona.
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Ensayo histórico sobre los almugávares, las bandas de guerreros de frontera que se forjaron en las montañas del Reino de Aragón y acabaron combatiendo en Sicilia, Anatolia y Grecia al servicio —y a veces al margen— de la Corona. El libro reconstruye su origen, su forma de vida y sus campañas, y examina por qué esa memoria, tan documentada como incómoda, quedó fuera del relato aragonés.
Hubo un tiempo, hace unos setecientos años, en que las barras de Aragón ondearon sobre la Acrópolis, el Partenón funcionó como catedral cristiana y buena parte de la Grecia mítica se rigió por los Fueros de Aragón y los Usatges de Barcelona. Quienes lo hicieron posible no fueron caballeros de armadura ni cruzados de estampa: fueron pastores y campesinos empobrecidos de Riglos, de los valles pirenaicos, de las sierras turolenses, hombres que caminaban con abarcas de cuero, dormían al raso y vivían del botín. Este libro cuenta su historia.
La obra parte de una pregunta incómoda: ¿por qué una aventura de esta magnitud apenas ha dejado huella en la memoria aragonesa? El autor rastrea las razones del silencio —la dificultad de encajar a unos mercenarios sin lealtad fija en los moldes heroicos al uso, la deriva política de los territorios de la Corona, la apropiación del tema desde otros ámbitos culturales— y la contrasta con el caso opuesto del Cid, un mercenario que sí llegó a mito. El resultado es tanto una narración como una crítica historiográfica: se revisan las lagunas de las enciclopedias, las repeticiones de errores heredados y el olvido reiterado de Zurita, referente casi solitario y ya en el siglo XVI consciente de que aquellas victorias se estaban perdiendo.
La primera parte se dedica a los orígenes. Frente a las teorías que hacen nacer a los almugávares en el siglo XIII, el libro sigue el rastro documental hasta la Crónica del moro Rasis, que los sitúa en Zaragoza a comienzos del siglo X, y hasta la Crónica de San Juan de la Peña, que los muestra en acción en los montes del Castellar bajo Alfonso I hacia 1110. De ahí se desprende una hipótesis: el nombre y el método —la algarada, la incursión rápida de grupos pequeños— vienen del mundo andalusí, y los montañeses del norte, arruinados por una frontera en movimiento que les cerró pastos y campos, terminaron imitando a sus adversarios hasta heredar su designación. Se examinan también las voces discrepantes de Moreno Echevarría, Rubió i Lluch, Soldevila o Ernest Marcos, y la composición real de aquellas bandas: aragoneses, catalanes, navarros, vascones y musulmanes alistados en sus filas.
El método distingue este trabajo de buena parte de la bibliografía disponible. En lugar de dar por buenas las páginas épicas de Ramon Muntaner, el libro las coloca frente a los cronistas griegos y frente a materiales poco frecuentados en este campo —las cartas del patriarca Atanasio, la Crónica de Galaxidi, la Crónica de la Morea, la correspondencia de Marino Sanudo—, para destilar lo ocurrido del contraste entre versiones enfrentadas. Las citas medievales se conservan en aragonés y catalán siempre que es posible, con una advertencia expresa: aquellos hombres nunca hablaron castellano.
Lo que emerge no es una gesta patriótica sino algo más complejo y más humano: crímenes, venganzas, traiciones y también una capacidad militar extraordinaria que explica cómo la Corona llegó a dominar el Mediterráneo. Una lectura accesible y documentada para quien quiera entender esa pieza ausente del tablero medieval peninsular.
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