Diez años después de la noche en que su madre fue asesinada y su padrastro desapareció sin dejar rastro, Gabrielle Fuentez vive entre dos refugios: el taller mecánico de Tony, el desconocido que la recogió bajo la lluvia y terminó…
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Diez años después de la noche en que su madre fue asesinada y su padrastro desapareció sin dejar rastro, Gabrielle Fuentez vive entre dos refugios: el taller mecánico de Tony, el desconocido que la recogió bajo la lluvia y terminó adoptándola, y la tumba donde deja cartas que nadie debería leer. Cuando una de esas cartas se le escapa entre las lápidas, la recoge Alaric Crawford, un joven recién vuelto a casa para asumir el liderazgo de su manada y decidido a encontrar a la compañera que el destino le ha reservado. Lo que empieza como una correspondencia anónima se convierte en un cortejo doble —el del muchacho que la mira a los ojos en el instituto y el del remitente que firma como su caballero—, mientras el pasado de Gabrielle sigue sin cerrarse y algo dormido dentro de ella empieza a hacerse notar.
La historia arranca con una escena que marcará todo lo demás: una niña empapada corre por una carretera desierta suplicando auxilio, y el conductor que frena a tiempo descubre, bajo los golpes y el miedo, el final de una violencia que llevaba años ocurriendo puertas adentro. Ese hombre, Tony, no solo la lleva a casa aquella noche; la cría como hija, le enseña a distinguir un motor de otro y la educa en la costumbre de mirar por encima del hombro, porque el culpable nunca apareció.
Diez años más tarde, Gabrielle es una adolescente de último curso que ha convertido la reserva en método: la mejor de su clase, casi sin amigas salvo Tricia, más cómoda con una llave inglesa que con una conversación. Su ritual privado es el cementerio, donde habla con su madre y escribe cartas dirigidas a un destinatario imaginario en las que vuelca el miedo, el duelo y los deseos que no se permite decir en voz alta. Suele borrarlas o guardarlas. Un día, con prisa, deja una atrás.
Al mismo tiempo regresa Alaric, que ha pasado seis años lejos —alistado en la Marina— huyendo del peso que le dejó la muerte de su padre. Vuelve para tomar el mando de la manada de Misty Rock y, de paso, para cumplir la otra deuda pendiente: encontrar a su compañera. Es él quien recoge el papel olvidado junto a una tumba, quien lo lee sabiendo que no debería, y quien entiende, a través de su lobo Alec, que la desconocida que lo escribió le pertenece de un modo que no puede explicar todavía. En lugar de presentarse, elige responder: deja su carta bajo una piedra y espera.
Lo que sigue es un juego de identidades cruzadas. En el instituto, Gabrielle conoce al primo de su mejor amiga y siente una descarga imposible al primer contacto, además de una palabra —compañera— que nadie parece haber pronunciado. En el taller, un cliente demasiado insistente lleva una camioneta que no tiene nada roto solo para verla trabajar. Y en el cementerio, un remitente anónimo le promete protección incondicional y le pide que le cuente sus miedos. Ella acepta el intercambio con cautela, entre la sospecha de que sea una trampa tendida por el hombre que la persigue en sus pesadillas y el alivio de tener por fin un diario que contesta.
Sobre esa doble corriente —romance de destino por un lado, amenaza sin resolver por el otro— la novela sostiene su tensión. Alaric maniobra entre el deber de alfa y la urgencia de proteger a alguien que ignora la existencia de los lobos; Gabrielle, entre la atracción que la desarma y la disciplina de desconfiar de todo. Y flotando sobre ambos, dos incógnitas que la trama va apretando: dónde está el asesino que nunca fue hallado, y qué es exactamente eso que Alec percibe encerrado dentro de ella.
Es romance paranormal de manada en su registro más reconocible —vínculo predestinado, alfa protector, heroína marcada por el trauma—, contado con capítulos breves, alternancia de puntos de vista y las cartas como hilo conductor. Contiene violencia doméstica, duelo y tensión sexual, tratados de forma explícita en su origen y sugerida en el presente narrativo.
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