Alex Maldonado tiene veinticuatro años, una fortuna construida desde cero y una casa recién estrenada frente a las montañas de Bozeman. Le falta lo único que nunca supo negociar: alguien con quien compartirla.
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Alex Maldonado tiene veinticuatro años, una fortuna construida desde cero y una casa recién estrenada frente a las montañas de Bozeman. Le falta lo único que nunca supo negociar: alguien con quien compartirla. Entre Montana y Los Ángeles, entre conferencias para jóvenes emprendedores y fiestas en Beverly Hills, esta novela sigue a un hombre que aprendió a blindarse tras un desamor temprano y que ahora, por primera vez, decide bajar la guardia. Una historia contada en primera persona sobre el éxito que llega antes que el afecto, y sobre lo torpe que puede volverse un seductor cuando por fin le importa alguien.
La primera mañana en su rancho de Bozeman, Alex Maldonado hace un inventario silencioso de su vida: nació en una de las zonas más pobres de la Ciudad de México, dejó la universidad contra el consejo de sus padres, fundó y hundió más de cincuenta proyectos y, a los veintidós, dio con la idea que lo convirtió en uno de los emprendedores más reconocidos de Latinoamérica. Tiene una biblioteca, un pequeño observatorio, un estudio de pintura y millones en el banco. No tiene a nadie a quien mostrarle el cielo estrellado que tanto lo emociona.
Esa carencia organiza el relato. Alex divide su tiempo entre la calma deliberada de Montana y el ruido de Los Ángeles, donde lo esperan su empresa y Nataly: socia, cómplice de todos sus fracasos, hermana elegida y contrapunto cómico de su nueva vocación romántica. Mientras él busca a la mujer de su vida, ella colecciona noches; el intercambio de papeles entre ambos —antes él era el mujeriego y ella la enamoradiza— sostiene buena parte del humor del libro.
El detonante llega por una vía lateral. En una salida nocturna, Alex conoce a los hermanos Lively, Ana y Dave, y la amistad con ellos se vuelve inmediata. Una semana después, en la fiesta de cumpleaños de Dave en Beverly Hills, le ofrecen tres presentaciones posibles. Alex elige a la única que no se parece a nadie con quien haya salido: Blake, casi veintiocho años, ojos verdes, al frente de los negocios de su padre en Los Ángeles y Nueva York, y también a media reconstrucción después de una infidelidad. Descubren coincidencias que él lee como señales —los dos huyen a Montana cuando la ciudad los agota— y acuerdan una cena en la que ninguno finge: ella pregunta sin rodeos por la fama de patán que lo precede; él responde sin adornarla y admite el desamor antiguo que lo volvió cauto. Blake, a cambio, empieza a contarle la relación con Edward que la dejó desconfiando de los hombres encantadores.
Entre ambos episodios se cruza un detalle que el propio narrador no consigue soltar: un choque casual en el aeropuerto con una chica llamada Jane, un intercambio de dos frases y una despedida con la mano que él interpreta, a su manera supersticiosa, como otra señal del destino. La novela deja esa hebra tendida mientras avanza el cortejo.
Distribuida en catorce capítulos y narrada en presente confesional, la obra alterna la crónica de un ascenso económico —vuelos comerciales por convicción, camionetas compradas por impaciencia, conferencias donde repite que cada fracaso valió la pena— con el registro más frágil de alguien que reconoce el miedo detrás de su encanto. El resultado es un romance contemporáneo de tono ligero y ambiciones sentimentales claras, atento al contraste entre la abundancia de Beverly Hills y el silencio de las montañas, y a la pregunta que su protagonista se hace desde la primera página: si se puede aprender a entregarse otra vez después de haber decidido no hacerlo nunca más.
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