Un capataz de rancho y una asesora financiera se escriben cartas bajo nombres que no son los suyos, sin sospechar que están a punto de compartir despacho.
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Un capataz de rancho y una asesora financiera se escriben cartas bajo nombres que no son los suyos, sin sospechar que están a punto de compartir despacho. Reese Barrett dirige la bodega de Farentino Ranch, en el pequeño pueblo tejano de Sweetwater Springs, y está cansado de ser el único soltero en una vida rodeada de matrimonios felices; harto de esperar, publica un anuncio anónimo en una revista de contactos y firma «Chico serio». Shea Alexander, una genio de las finanzas de Austin que se maneja mejor con los mercados que con los hombres, responde inventándose una vida más sencilla y un nombre nuevo: Natalie. Cuando ella viaja al rancho para sustituir a su mejor amiga durante la baja por maternidad, la correspondencia y la realidad quedan a un paso de encontrarse.
Reese Barrett tiene todo lo que un hombre podría querer salvo aquello que más desea. Gestiona la bodega de Farentino Ranch, ha construido su reputación desde abajo y cuenta con la amistad inquebrantable de Cade McBride, el capataz con quien recorrió el circuito de rodeo antes de asentarse. Pero Cade tiene esposa, un bebé en camino y una felicidad doméstica que a Reese le escuece cada vez que la ve de cerca. A sus treinta y cuatro años, criado entre el orgullo por su ascendencia cherokee y la herida de una madre que lo dejó en casa de un vecino y no volvió, ha aprendido a desconfiar: quiere una mujer que se quede, y no sabe cómo empezar a buscarla.
Una revista de contactos que la secretaria del rancho compra cada mes le da la respuesta menos probable. Reese no envía foto —en parte por prudencia hacia la bodega, en parte por cansancio de los prejuicios ajenos— y redacta un anuncio breve y honesto que titula «Chico serio»: un hombre de campo, sin adornos, que busca a alguien valiente, amable y sabia.
A cientos de kilómetros, en Austin, Shea Alexander se lleva por accidente esa misma revista de la sala de espera del dentista. Es hija única, brillante, admirada en un mundo de negocios masculino y profundamente sola; su cuerpo atrae a hombres que nunca llegan a interesarse por su cabeza, y ella se paraliza en cuanto la conversación abandona el terreno de las inversiones. Decide tratar la correspondencia como un experimento controlado, un modo de practicar a distancia lo que no se atreve a intentar en persona. Escribe a varios anunciantes, se inventa la biografía sencilla que siempre fantaseó —maestra de guardería, una vida corriente— y firma con el nombre que le habría gustado tener: Natalie.
De las decenas de cartas que llegan, Reese solo relee las de ella. Semana a semana, un apartado de correos alquilado en el pueblo alimenta tanto la ilusión de un hombre como la curiosidad de los tres jubilados que vigilan la plaza. Entonces Belle McBride, embarazada de ocho meses, pide a su mejor amiga de la universidad que la sustituya seis semanas en la bodega. Shea aterriza en Lubbock, Reese va a recogerla, y ninguno de los dos reconoce en el otro a la persona cuyas cartas guarda en el bolsillo o en el cajón.
Lo que sigue es una atracción inmediata y molesta para ambos, disciplinada por el trabajo compartido: una jornada de cata, una cena anual de cultivadores, decisiones sobre una empresa que funciona como una familia. Él se siente desleal por fijarse en la mujer que tiene delante cuando espera las cartas de otra; ella descubre que el vaquero que la deja sin palabras es exactamente el opuesto del hombre perfecto que cree conocer por escrito. Dos personas que se han contado la verdad en el papel se ocultan la identidad en la vida real, y cada día que pasa vuelve más costosa la confesión.
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