Relato autobiográfico en primera persona de una azafata argentina de treinta y ocho años que, tras siete años de separación y con la hija de vacaciones con su padre, aprovecha un mes a solas para volar a Italia.
Descargar
Relato autobiográfico en primera persona de una azafata argentina de treinta y ocho años que, tras siete años de separación y con la hija de vacaciones con su padre, aprovecha un mes a solas para volar a Italia. Entre mates cebados a bordo, recuerdos de infancia y calles romanas, el viaje funciona menos como turismo que como inventario íntimo: qué soltar, qué agradecer y qué clase de amor sigue buscando.
La narradora abre su historia advirtiendo que no siempre hay un principio claro: a veces un relato es la suma de muchos relatos pequeños. Con esa lógica avanza el libro, encadenando capítulos breves que alternan la crónica de un viaje presente con las escenas que lo explican.
El punto de partida es una cocina de Buenos Aires y una pava al fuego. Frente al mate —al que describe como un miembro más de la familia, el único que se entera de todo lo que se dice y de todo lo que se calla— la protagonista se reconoce dentro de un laberinto emocional. Desde ahí retrocede: la educación de una familia española emigrada tras la Guerra Civil, con su culto al ahorro y a las sobras recicladas; unas monjas que enseñaban a temer a un Dios vigilante; y el mandato temprano de agradar, esa capa de maquillaje que ella compara con el de las geishas y que en su vida adulta aprendió a llamar seducción. También la primera vez que se sintió incomprendida por su madre, a los ocho años, y el desajuste permanente entre lo que se esperaba de una “niña buena” y lo que ella quería: viajar, decidir, escribir su propia historia.
El amor es el hilo obsesivo. Confiesa que su relación más larga apenas llegó a tres años, que sus primeros romances vivieron sólo en el papel y en la imaginación, y que a los catorce eligió novio por decreto, con una carta metida en el bolsillo trasero de unos vaqueros. No se resigna a la soledad ni la teme —aprendió a habitarla y hasta a disfrutarla—, pero sostiene un deseo declarado: encontrar un amor auténtico, un compañero que camine a la par.
El otro eje es el trabajo. Entrar en la aerolínea marca un antes y un después: gracias a la insistencia de una amiga se anima a presentarse, renuncia a un empleo que le erosionaba la autoestima y descubre que volar es un estilo de vida más que un oficio. También le cuesta una pareja, cuando un novio le pide elegir entre él y los aviones y ella elige los aviones para no repetir la vida de su madre. De esa etapa extrae una idea que repite como brújula: no olvidar el escalón anterior, no quedarse instalada en la queja.
El viaje propiamente dicho empieza en Ezeiza, con la sensación de estar escapando hacia el vacío, y sigue en un vuelo nocturno de catorce horas donde comparte guardia y mate con Magda, la amiga que años atrás le señaló el camino. Roma la recibe como una vieja amante: Piazza Navona, el Panteón, la Fontana di Trevi, el Antico Caffè Greco. Después, con un coche alquilado y un GPS al que bautiza Roberto, atraviesa la Toscana hasta San Gimignano y encara el tramo más difícil, el regreso a Florencia, la ciudad donde se enamoró, concibió a su hija y desde donde volvió llorando cuando su pareja empezaba a agrietarse. El reencuentro con Alessandra, en la Piazza d’Ognissanti, destapa el llanto acumulado.
Escrito con humor seco, digresiones cotidianas y una fe declarada en la intuición por encima de la comprobación, el libro combina diario de viaje, memoria familiar y búsqueda espiritual. Cada capítulo se abre con una cita —de Frida Kahlo a Clarissa Pinkola Estés— que anuncia su temperatura emocional. Más que una historia de destinos, es la crónica de una mujer que decide quitar la escalerilla que la une a su pasado y despegar con otro rumbo.