En una bóveda destrozada bajo el suelo de un mundo asediado, un Sacerdote Lobo recorre los restos de una emboscada xenos para cumplir el más íntimo de sus deberes: recuperar la semilla genética de los caídos.
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En una bóveda destrozada bajo el suelo de un mundo asediado, un Sacerdote Lobo recorre los restos de una emboscada xenos para cumplir el más íntimo de sus deberes: recuperar la semilla genética de los caídos. Entre cadáveres de dos Capítulos distintos y servidores que siguen recitando código para nadie, un Dreadnought moribundo le pide algo imposible: que no lo abra. Relato breve de horror marcial y fe puesta a prueba.
Los lúmenes agonizan sobre una cámara abierta en canal. Un organismo del tamaño de un convoy ha perforado el suelo de baldosas blancas y ha dejado tras de sí un catálogo de heridas imposibles: cuerpos partidos, lanzadas triangulares demasiado anchas para que nadie sobreviva a ellas, sangre alienígena secándose en los pilares. De la criatura, sin embargo, no queda rastro. Solo el eco de los servidores empotrados en los muros, que continúan transmitiendo instrucciones sin destinatario en la penumbra.
Por esa ruina camina Jathrac Manodecuero, Sacerdote Lobo con dos siglos de servicio a la espalda y el casco perdido en el asalto de la víspera. Su tarea no es vengar a los muertos ni perseguir a la bestia: es leerlos, olerlos, reconocerlos, y extraer de cada uno las glándulas que permitirán que su linaje continúe. Entre los caídos hay hermanos de su propia manada —incluido un viejo amigo de lengua afilada— y guerreros de un Capítulo ajeno, tan escrupulosamente maquinal como distinto al suyo. Jathrac los honra a todos por igual: el rito no distingue heráldicas.
El trabajo se interrumpe cuando un movimiento en un rincón resulta no ser la amenaza esperada, sino un Dreadnought volcado, con los sistemas fundidos y la voz reducida a estática. Está técnicamente vivo, y por tanto todavía sujeto al rito. Lo que sigue es una negociación breve y cada vez más tensa entre dos formas de entender el deber: el sacerdote que ofrece a un veterano su lugar definitivo entre los suyos, y la voz dentro del sarcófago que insiste, con una calma que no encaja, en que no es digna de recibirlo. Cuando la insistencia se vuelve súplica y la súplica grito, Jathrac decide que no tiene tiempo para confesiones.
Lo que encuentra al forzar el blindaje no responde a ninguna doctrina que conozca, y convierte una labor fúnebre en algo mucho más inquietante. Escrito en un registro seco y sensorial —el olfato como forma de lectura, la maquinaria como liturgia—, el relato usa un episodio mínimo para tocar preguntas grandes: qué se debe a los muertos, qué se oculta bajo la armadura de una institución que se dice incorruptible, y cuánto de lo que veneramos hemos comprobado alguna vez con nuestras propias manos.
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