En un pueblo del interior, en los años del hambre y del miedo, aparecen dos hombres en el fondo de un pozo: un cabrero de treinta años y su padre, de setenta. Nadie pregunta demasiado.
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En un pueblo del interior, en los años del hambre y del miedo, aparecen dos hombres en el fondo de un pozo: un cabrero de treinta años y su padre, de setenta. Nadie pregunta demasiado. En la fuente de los cuatro caños, las mujeres lavan la ropa y airean a media voz lo que no puede decirse en alto; en el casino, los mismos señores de siempre juegan a las cartas y deciden quién es de los nuestros. Mariana tiene quince años, borda su ajuar junto a la ventana de la cocina y sirve copas a los hombres que mandan. Cuando encuentra un sobre amarillo con unas fotografías, entiende que el silencio de sus padres no es prudencia: es un precio que llevan años pagando.
Una mujer recuerda el verano en que dejó de ser niña sin que nadie se lo permitiera. Tenía quince años, se llamaba Mariana y su vida ocurría entre dos lugares: la fuente de los cuatro caños, donde las mujeres del pueblo lavaban la ropa y, con ella, todo lo que no cabía en las casas; y el casino, un edificio de ladrillo levantado en 1917 con más empeño que dinero, donde su padre servía vino a los hombres que gobernaban la villa.
El relato arranca con un rumor que nadie sostiene del todo. Han encontrado a dos hombres dentro de un pozo, un cabrero y su padre anciano, y se dice que al primero lo echaron vivo. En la alberca, las voces se contradicen y se corrigen solas: unas culpan a los rojos de la sierra, otras a los del tricornio, y casi todas terminan en la misma frase que sirve para cerrar cualquier conversación incómoda: algo harían. Mariana pregunta y no obtiene respuesta. Su madre le advierte que ese asunto está cerrado. Su padre, que lo oye todo detrás de una barra, ha convertido el silencio en oficio.
La novela avanza casi sin salir de un interior: la mañana en que la familia limpia los restos de una fiesta celebrada en el casino durante los tres días libres que el señorito concedió sin explicaciones. Serpentinas, botellas vacías, un olor que no se va del papel pintado. Mientras retira vasos y recoge confeti, Mariana sostiene a la vez dos historias privadas: su enamoramiento adolescente de don Gregorio, el señorito casado con doña Dolores, dueña de medio pueblo, en cuyas sábanas de regalo ha bordado a escondidas un nombre que no le corresponde; y la certeza creciente de que en esa casa de hombres ocurre algo que su familia conoce y calla. El hallazgo de un sobre amarillo, acartonado por el vino seco, rompe el equilibrio: dentro hay fotografías de figuras enmascaradas, lobos y un conejo, cuerpos que a la narradora le resultan demasiado parecidos al suyo.
Lo que sigue no es una investigación, sino una discusión conyugal a puerta cerrada y un pacto: a nadie. La obra construye desde ahí un retrato de la complicidad como forma de supervivencia, y del silencio como herencia que se transmite de madre a hija junto con el ajuar. La voz narrativa, adulta y retrospectiva, trabaja con los materiales de la memoria oral: lo que se oye a medias, lo que se deduce, lo que se decide no entender. Alrededor, un pueblo entero organizado en compartimentos —el casino para ellos, la fuente para ellas, la casa para lo que no puede nombrarse— donde la clase decide quién tiene derecho a que su muerte se investigue y quién acaba, como los perros, en el fondo de un pozo.
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