Una mujer abandona un pueblo del sur de Francia con un petate al hombro y una sola idea fija: llegar a Alaska y embarcarse a pescar. Cruza Estados Unidos en autocar, aterriza en la isla de Kodiak y recorre los muelles preguntando por…
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Una mujer abandona un pueblo del sur de Francia con un petate al hombro y una sola idea fija: llegar a Alaska y embarcarse a pescar. Cruza Estados Unidos en autocar, aterriza en la isla de Kodiak y recorre los muelles preguntando por trabajo hasta que un palangrero la acepta. Entre bares llenos de humo, redes por remendar y hombres curtidos, aprende un oficio brutal y descubre que el peligro, más que asustarla, la mantiene viva.
Todo empieza con una decisión que a nadie le parece razonable: dejar Manosque, el humo de los bares y la promesa de una vida pequeña para irse al otro extremo del mapa. La narradora prepara el petate, lo borda, lo forra con telas bonitas y se marcha sin más plan que una palabra —Alaska— y un verbo —pescar—. Atraviesa Estados Unidos en un autocar Greyhound de cien dólares, comiendo galletas y cosiendo un anorak celeste cuyas plumas la envuelven como nubes, mientras por la ventanilla desfilan los desiertos de Wyoming y Nevada, los neones de los casinos y unas vacas tristes en la meseta helada. A cada pregunta responde lo mismo, y cada desconocido la despide igual: God bless you.
El viaje termina en Kodiak, una isla de montañas peladas, nieve sucia y gaviotas que gimen sin descanso. Allí empieza lo difícil. Duerme en el sofá de unos anfitriones que apenas la miran, rechaza con testarudez el empleo de niñera que le ofrecen y baja al puerto a preguntar de barco en barco, sin papeles, sin experiencia y con el viento llevándose sus palabras. Cuando por fin la contratan, elige el palangrero antes que la pesca de costa: más duro, más peligroso, más lejos.
Lo que sigue es el aprendizaje de un oficio y de un mundo. Semanas de reparar líneas, hacer empalmes y encarnar anzuelos en locales húmedos, con la radio country de fondo y el café en tazas que nadie lava. Y una galería de figuras dibujadas sin condescendencia: el patrón alto y flaco que hundió un barco y dejó de beber, el joven Wolf que sueña con tener el suyo, Jesús, que teme al mar pero necesita el jornal, las tres Joy que reinan tras la barra del B and B, el hombre león de mirada dorada. Todos comparten la misma ley: aquí se trabaja en el filo.
Escrito en frases cortas, casi jadeantes, y en un presente que no deja respirar, el relato alterna la aspereza documental del trabajo con destellos de lirismo: el hielo que deforma los barcos, la luz del norte, la coreografía silenciosa de los hombres en cubierta. Bajo la aventura late algo más incómodo y más hondo: el deseo de desaparecer, de que nadie vuelva a esperarla, y la certeza contradictoria de sentirse invulnerable mientras siga viva.
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