Una joven sin pasado despierta en las calles de Guildford y es acogida por un matrimonio que ha perdido a su hija. Le dan el nombre de la muerta, una habitación llena de juguetes ajenos y una vida que no le pertenece.
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Una joven sin pasado despierta en las calles de Guildford y es acogida por un matrimonio que ha perdido a su hija. Le dan el nombre de la muerta, una habitación llena de juguetes ajenos y una vida que no le pertenece. Pero en los márgenes de su memoria vacía asoman conejos, relojes que apremian, acertijos y tazas de té: los restos de un mundo que quizá la esté esperando de vuelta.
Alessia Coppola parte de una premisa sencilla y perturbadora: ¿qué le ocurre a un mundo imaginario cuando quien lo escribió deja de existir? De esa pregunta nace esta novela, que recoge el legado de Carroll y lo prolonga por un camino propio, más melancólico que festivo.
La historia arranca con una muchacha de unos diecisiete años que vaga de noche por Guildford, empapada, sin nombre y sin recuerdos. La encuentran Mary y Gregory Richardson, un matrimonio acomodado —él dirige el banco central de la ciudad— cuya única hija murió de polio a los catorce. El parecido físico es tan hiriente que la acogen esa misma noche, la instalan en la habitación intacta de la niña y, poco después, le dan también su nombre: Astrid. La protagonista acepta ese préstamo de identidad como una forma de gratitud, aunque sabe que está ocupando un hueco con forma de otra persona.
Lo que sigue es una educación de salón: té a las cinco con las damas del vecindario, lecciones de alemán y francés, clases de piano con un maestro ruso cuyo metrónomo le resulta insoportable, vestidos encargados a la mejor sastrería, y la expectativa tácita de un buen matrimonio londinense. Ella se rebela con humor —un pretendiente insufrible sale de la casa acompañado de las esperanzas de su madre adoptiva— y se aferra a una certeza que no puede justificar: en algún lugar hay alguien a quien ya entregó su corazón, y alguien que la espera.
Mientras tanto, la memoria filtra fragmentos que no encajan en la Inglaterra victoriana que la rodea. Un bombín con cinta morada que cree haber visto antes. Una frase que le retumba dentro cuando suena el reloj de la torre. Una llave diminuta que lleva colgada al cuello y no abre ninguna puerta conocida. El humo de una chimenea con forma de conejo. Un naipe de corazones en el cuello de una niña que canta villancicos, y un castillo de cartas que se derrumba en su cabeza. Galletas de jengibre que le saben a alguien. La convicción, en duermevela, de que todos allí estaban locos, ella incluida.
Entre la gratitud y la asfixia, entre el afecto sincero de sus protectores y la evidencia de que la quieren como sustituta de un duelo, la protagonista entiende que no basta con recuperar un pasado: hay que decidir si se vuelve a él. Un prólogo escrito en primera persona, donde morir se describe como algo tan doloroso como nacer, deja abierta la sospecha de que este despertar sin memoria no es el primero. La novela avanza así entre el realismo de una casa en luto y el eco de un país de maravillas que sigue latiendo, esperando que alguien recuerde el camino de vuelta a la madriguera.
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