En el Bakú de comienzos del siglo XX, un profesor de geografía plantea a su clase una duda que la ciencia aún no resuelve: si la ciudad pertenece a Europa o a Asia.
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En el Bakú de comienzos del siglo XX, un profesor de geografía plantea a su clase una duda que la ciencia aún no resuelve: si la ciudad pertenece a Europa o a Asia. Alí Kan Shirvanshir, hijo de una antigua familia musulmana chií, responde que prefiere quedarse en Asia; Nino Kipiani, la muchacha georgiana y cristiana de la que está enamorado, celebra estar en Europa, porque en Asia ya llevaría velo. Entre el desierto y el mar Caspio, entre la muralla vieja y las torres de perforación, un joven termina el bachillerato y empieza a intuir que esa frontera indecisa atravesará toda su vida.
La novela arranca con una lección de geografía y un chiste que resulta ser una tesis: nadie sabe con certeza de qué continente es Bakú. El narrador, Alí Kan Shirvanshir, tiene dieciocho años, estudia latín a la orilla del mar Caspio y pertenece a una familia de kanes cuyo apellido aparece en las batallas perdidas frente al ejército del zar. Su ciudad, cuenta, son en realidad dos encajadas una dentro de otra como la nuez en su cáscara: la vieja, de callejuelas curvas, mezquitas, leyendas y ley de la charia; y la nueva, nacida del petróleo, con teatros, hospitales, policías, teléfonos y mujeres de hombros desnudos. En esa segunda ciudad, la que él llama Europa, vive Nino.
El relato avanza sin prisa por escenas domésticas que valen como retrato de un mundo: la llegada en vapor del tío persa con sus tres esposas y sus dos eunucos, la cena en la azotea sobre alfombras de Karabaj, la elegancia de comer arroz con tres dedos sin manchar la palma, las noticias de la ciudad ordenadas de lo secundario a lo importante. El tío, viejo cortesano del sah, cuenta sus viajes por las cortes europeas con perpleja ironía y termina formulando la pregunta que ninguno de los presentes sabe contestar: si son ellos quienes cumplen la ley de Dios, por qué el poder de los otros crece sin cesar mientras el suyo mengua.
Luego llegan los exámenes finales, la oración ortodoxa que cuarenta alumnos de seis credos escuchan con aburrimiento, el tema de historia que obliga al muchacho a narrar la muerte de su propio antepasado, y el consejo público del padre: rezar, no beber, no perdonar a los enemigos, no pensar en el mañana y, sobre todo, no meterse en política. Alí Kan lo jura con la conciencia tranquila, convencido de que estar enamorado de una cristiana no es un asunto político.
La voz narrativa es la de esa promesa hecha demasiado a la ligera: tierna, burlona consigo misma, capaz de describir en el mismo párrafo la belleza de una alfombra y la naturalidad con que un saco que gime desaparece en el agua. El resultado es a la vez una novela de aprendizaje, una historia de amor entre dos mundos que se miran con desconfianza y un retrato de una ciudad fronteriza justo antes de que el siglo XX venga a decidir por ella.