En un orfanato regido por el castigo, una niña que no sabe leer recorre los conductos de ventilación como si fueran su propio país. Cuando llega un chico pelirrojo con un cuaderno de cuero y la promesa de convertirse en escritor, Ali…
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En un orfanato regido por el castigo, una niña que no sabe leer recorre los conductos de ventilación como si fueran su propio país. Cuando llega un chico pelirrojo con un cuaderno de cuero y la promesa de convertirse en escritor, Ali encuentra a la vez un idioma y un cómplice. Ali y Eli y los lazos del tiempo cruza esa infancia clandestina con una escena del presente: una mujer mayor que le lee en voz alta a su hija el libro que dejó escrito el hombre al que amó.
El Gran Ángel no tiene nada de angelical: es un orfanato administrado por una monja que fue militar, donde el uniforme verde, el pelo recogido y el silencio se imponen con baños de agua helada y con un armario de metal que los internos llaman el Casillero del Silencio. Ali llegó allí a los dos años, después de que un accidente le quitara a sus padres, y creció sin ser elegida nunca en los días de adopción. Su educación fue afectiva antes que escolar: se la dieron Ana, la bibliotecaria joven que cargaba con su propio duelo, y Susana, la viuda que buscó refugio en la casa después de enterrar a su marido. De ellas aprendió a peinarse, a escuchar historias y, sobre todo, a despedirse.
Lo que sí conquistó sola fue el mapa oculto del edificio. Los conductos de ventilación le dieron acceso a cada habitación y un reino propio: un altillo inalcanzable donde se apilan cuadros, armas viejas y un baúl cerrado con candado. Ali mira el mundo por las rejillas, testigo de duelos, borracheras y secretos que todavía no sabe nombrar.
La llegada de Eli —pelirrojo, de anteojos, con un cuaderno de cuero contra el pecho y la certeza de que algún día su apellido estará impreso en una tapa— convierte esa soledad en sociedad. El trato es simple: él le enseña a leer, ella le enseña los ductos. De ahí nacen las primeras aventuras: robar la llave que la directora lleva al cuello, abrir el baúl y descubrir la confesión que explica por qué esa mujer dura fundó el orfanato. Más tarde, un televisor recién llegado desordena la rutina de la casa y le muestra a Ali que existe un afuera; la curiosidad termina en una fuga nocturna por calles empedradas, espiando por ventanas ajenas cómo se ve una familia desde el lado de afuera.
Sobre ese relato hay otro. Una anciana sube la escalera con un cuaderno forrado en cuero y empieza a leérselo a su hija, que acaba de cumplir diez años; la dedicatoria dice «Para Ali, mi único y verdadero amor». La novela avanza así, alternando capítulos y noches de lectura, hasta que las dos historias dejan de ser distintas. Escrita a cuatro manos por E.D. Silence y A.M. Silence, es una historia sobre orfandad, amistad y duelo que apuesta a una idea concreta: quien es leído no termina de irse.
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