Trescientas frases breves que un padre mexicano escribe para sus hijos: consejos prácticos, advertencias, bromas y declaraciones de cariño reunidas en un solo cuaderno de vida.
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Trescientas frases breves que un padre mexicano escribe para sus hijos: consejos prácticos, advertencias, bromas y declaraciones de cariño reunidas en un solo cuaderno de vida.
Escrito en México en agosto de 2015, este libro nace de una confesión desarmante: su autor admite que no sabe cómo ser papá y que probablemente nunca lo sepa del todo. Lo que sí tiene es la memoria de su propio padre —ausente ya para los nietos— y el deseo de trasladar a sus hijos aunque sea una fracción de lo aprendido. De ahí surge la forma del texto: trescientas entradas numeradas, cada una autónoma, que pueden leerse de corrido o abrirse al azar como un oráculo doméstico.
El registro cambia de línea en línea, y ahí está buena parte de su encanto. Hay consejos de oficio muy concretos —cómo apilar el carbón para que el fuego prenda, qué significa el humo blanco en un motor, por qué no se lava un carro al sol, cómo detener una hemorragia, qué observar en la piel de una serpiente que acaba de morder—. Hay reglas de trato con los demás: saludar al niño nuevo de la escuela, tratar bien a los meseros, ceder el paso a una ambulancia, no burlarse, no gritar para hacerse oír. Hay economía elemental: ahorrar, desconfiar de las tarjetas de crédito, entender que no existe el dinero fácil. Y hay una insistencia serena en el cuerpo y el tiempo: caminar una hora al día, dormir lo suficiente, comer fruta, no pasar la vida frente a una pantalla.
Entreverado con lo útil aparece el humor, casi siempre a costa del propio autor. El monstruo debajo de la cama era mentira. Los duendes del arcoíris no existen: ya revisó. No hay un gemelo malvado; él se da cuenta cuando el hijo se porta mal. Si algún día decide huir de casa, que deje la nueva dirección para pasar por él más tarde. Estas bromas funcionan como contrapeso de las entradas más graves, donde el padre habla sin rodeos de su propia ausencia futura, admite que pudo fracasar en el intento y pide que se le recuerde cuando ya no esté al lado.
Una figura recorre el conjunto de principio a fin: la madre. Aparece decenas de veces —hay que invitarla a jugar, guardarle un lugar en el cumpleaños propio, creerle sus malos presentimientos, no insultarla nunca, celebrarla siempre— hasta convertirse en el eje afectivo del libro. Alrededor de ella se organiza una idea de familia que el autor no argumenta sino que repite, y esa repetición es su argumento.
El resultado no pretende ser un tratado de crianza ni un manual de superación. Es un inventario deliberadamente incompleto: el propio autor calcula que no alcanza a resumir ni el uno por ciento de lo que querría decir, y cierra admitiendo que quedan miles de cosas pendientes. Lo que entrega, en cambio, es un retrato indirecto de quien escribe —sus manías, sus miedos, su gusto por los Beatles, las herramientas, los perros y las lunas de octubre— y una promesa que sostiene las trescientas entradas: aquí estaré siempre.
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