Cuatro veinteañeras comparten un piso viejo y luminoso en Granada hasta que su casero, un médico que se presenta como padre afectuoso, les anuncia una subida de alquiler imposible de asumir.
Descargar
Cuatro veinteañeras comparten un piso viejo y luminoso en Granada hasta que su casero, un médico que se presenta como padre afectuoso, les anuncia una subida de alquiler imposible de asumir. Lo que empieza como una negociación incómoda termina con la cerradura cambiada y las cuatro atrincheradas en su propia casa. Narrada con humor ácido y una voz que se asoma a la intimidad de cada una, esta novela coral retrata a una generación que aprendió a soñar en grande y descubrió que apenas puede pagar el mes.
Un rellano, una puerta cerrada por dentro y un casero que amenaza con echarla abajo: así arranca esta novela, en pleno pulso, antes de retroceder ocho meses para explicar cómo cuatro chicas normales acabaron convertidas en okupas de su propio hogar.
El piso está en Granada. Tiene muebles heredados, electrodomésticos que fallan, ventanas que dejan pasar el frío y el calor, y un pasillo oscuro que nadie se molesta en iluminar. También tiene luz de sobra en el salón y, sobre todo, es lo único que sus cuatro inquilinas pueden llamar suyo. Coral es enfermera, encadena guardias y sueña despierta con cafeterías caras, madres que la juzgan y embarazos imposibles; se despierta de una de esas pesadillas justo para atender la llamada del casero. Júlia, brillante y agotada, salió de Barcelona con un expediente impecable y un plan de vida que incluía portadas de revista, y ha terminado de junior en una consultora, compartiendo mesa con cuatro compañeros y midiendo su valía en ascensos que no llegan. Amaia, vitoriana instalada en el sur, se saltó su primer día de máster porque hacía demasiado buen día y porque cree, todavía, que el mundo puede ser un lugar amable; su despertar político llegó envuelto en una historia de amor. Y Mery, la más impulsiva, es quien primero se planta.
El detonante es prosaico y por eso duele: doscientos cincuenta euros más por cabeza. Adolfo, el propietario —médico en el mismo hospital donde trabaja Coral—, no exige: explica. Habla de su madre enferma, de la pensión que le reclama su exmujer, de la jubilación anticipada, de la inflación, de un lunar que no le gusta. Convierte el abuso en confidencia y a las inquilinas en hijas a las que hay que hacer entender. Ese es el hallazgo del libro: la violencia económica no llega gritando, llega en tono paternal, y hace falta tiempo para reconocerla.
A partir de ahí, la novela alterna la trama de la vivienda con la vida secreta de cada una. Hay oficinas de moqueta gris y jefes que gastan bromas de las que nadie se ríe, becarias observadas con una mezcla de desprecio y envidia, aplicaciones de segunda mano donde se regatean siete euros con la dignidad puesta, sesiones de rayos UVA a precio de saldo, cigarros liados en un mirador que no sale en Google Maps. Y hay amistad: la real, la que convive con la irritación, con los juicios silenciosos y con el cariño que se expresa mal. Coral quiere a Júlia y a ratos la detesta; Júlia se obliga a ser tierna como quien hace un esfuerzo físico. Ninguna se equivoca del todo sobre la otra.
Contada por una voz narradora cómplice, que se dirige al lector y se permite la ironía sin renunciar a la ternura, la novela retrata la precariedad como estado emocional además de económico: el tiempo que se escapa, la sensación de estar viendo la propia vida como si fuera la película de otra, la distancia entre lo que se prometió y lo que hay. La rebelión final no es un programa político, sino algo más elemental: cuatro chicas descubriendo, a la vez, que llamarse a sí mismas mujeres y decir que no son la misma cosa.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.