Sofía Miranda cumple cuarenta y dos años y decide, entre copas de un tinto malísimo en Nueva York, que va a reinventarse. El problema es que su vida —dos hijos adoptados, un trabajo de oficina en Madrid, una madre entrometida y una lista…
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Sofía Miranda cumple cuarenta y dos años y decide, entre copas de un tinto malísimo en Nueva York, que va a reinventarse. El problema es que su vida —dos hijos adoptados, un trabajo de oficina en Madrid, una madre entrometida y una lista de propósitos que se incumple sola— no colabora. Narrada mes a mes en primera persona y salpicada de correos a su mejor amiga, esta es la crónica desvergonzada de un año en la vida de una madre real, muy lejos del ideal zen que venden las revistas.
Todo empieza en un banco frente al Bow Bridge de Central Park. Sofía Miranda, cuarenta y dos años, madrileña de adopción y neoyorquina de vocación, va cada día al mismo sitio a mirar los patos y a fingir que medita. Allí, en el anonimato de la ciudad que siente como propia, toma la clase de decisiones que solo se toman de viaje: cambiar de trabajo, comer más verdura, ir peinada, dejar de acostarse con hombres que no le convienen y convertirse en una madre serena y equilibrada, de esas que aparecen en los reportajes.
La lista sobrevive exactamente hasta el vuelo de vuelta.
Organizada como un calendario que va de septiembre a septiembre, la novela sigue a Sofía a lo largo de un año en el que la reinvención prometida choca, día tras día, con la rueda de hámster de la vida cotidiana: el despertador a las seis y media, los deberes sin hacer, los correos de la directora del colegio, los cumpleaños infantiles convertidos en producciones faraónicas, el chat de madres, la pizza precongelada del día en que ya no queda nada dentro. Sofía cría sola a Iván y Nicolai, dos niños que alternan la ternura desarmante con la barbaridad más impredecible, y lo hace mientras sostiene un empleo, una madre que exige informes y la sospecha permanente de estar haciéndolo todo mal.
A su alrededor se organiza un coro de amistades que funciona como sostén y como espejo: Clara, la amiga de la facultad que dejó el Registro de la Propiedad por el cine y vive en un piso diminuto de Brooklyn con siete Emmys y un guion en el cajón; Luis, el amigo de toda la vida al otro lado del FaceTime y del planeta; Mabel, abogada matrimonialista capaz de divorciar a medio Madrid mientras litiga contra su propio ex; y Asia, mezcla imposible de laboratorio farmacéutico y registros akáshicos. Con ellos Sofía brinda, despotrica y se desnuda, sobre todo en los correos que le escribe a Clara y que —sugiere la amiga— quizá valdría la pena publicar.
El humor es el motor y también la coartada. Bajo las mayúsculas indignadas, las listas incumplidas y la burla feroz a la maternidad idealizada de las celebridades, se dibuja algo más incómodo y más reconocible: la pregunta de si una tiene un sitio en el mundo, la culpa de desear que los niños se acuesten de una vez, el cansancio de una generación de mujeres a las que se les pide excelencia en todos los frentes a la vez. Sofía no ofrece soluciones ni lecciones. Ofrece compañía, que suele ser más útil.
Escrita en una primera persona rápida, oral y deslenguada, que alterna la narración con el correo electrónico y el monólogo interior, esta es una novela sobre la distancia entre la vida que planeamos en un banco de Central Park y la que nos espera al aterrizar. Y sobre la posibilidad, nada desdeñable, de que la segunda tenga bastante más gracia.
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