En un tramo aislado del interior de Alaska, Hunter, diecisiete años, escribe compulsivamente escenas que no ha vivido: relatos de deseo, abuso y vergüenza que se le imponen en la cabeza y solo lo liberan cuando quedan en el papel.
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En un tramo aislado del interior de Alaska, Hunter, diecisiete años, escribe compulsivamente escenas que no ha vivido: relatos de deseo, abuso y vergüenza que se le imponen en la cabeza y solo lo liberan cuando quedan en el papel. Su memoria anterior a la mudanza está en blanco, su cuerpo conserva cicatrices que no explica el accidente que le contaron y su padre responde a cada pregunta con la misma versión gastada. Cuando una de esas historias coincide punto por punto con algo que el padre creía sepultado, la mentira familiar empieza a ceder. Brooke Skipstone construye una novela dura y frontal sobre lo que se oculta para que otros puedan seguir mirando hacia otro lado.
Hunter Williams lleva ocho meses viviendo con su padre en una casa apartada del bosque, a diez millas de la escuela de Clear Creek, en el interior de Alaska. Llegaron desde un pueblo de Washington en busca de un cambio de aire —eso dijo el padre— y del pasado no quedó nada: ni fotografías, ni objetos, ni contactos en un teléfono que se perdió justo cuando la copia de seguridad falló. Hunter tampoco tiene recuerdos propios. No sabe cómo era la casa donde creció, no reconoce los nombres de su madre y de su hermano muertos, no puede señalar un solo día de sus primeros dieciséis años.
Lo que sí tiene, desde hace dos meses, son las visiones. Empiezan con un golpeteo sordo, un pasillo, una puerta cerrada de cinco paneles y un muro que se disuelve al final; después la escena se proyecta como una película que no puede apagar. Casi siempre hay cuerpos adolescentes y adultos, deseo y coacción, placer y humillación en la misma habitación. La única manera de que la imagen lo suelte es transcribirla completa, fecharla y clavarla en la pared: docenas de páginas acumuladas, whisky robado en un termo escondido en el techo y noches que nunca llegan a las tres horas de sueño.
Hunter busca respuestas por su cuenta. Encuentra cicatrices rectas y alineadas en el pecho y los brazos, marcas más anchas en las muñecas, y un relato paterno sobre una caída en bicicleta que ya no le cierra. Cuando pregunta, su padre se cierra con una orden: dejar el pasado en paz. Y cuando ese padre lee por casualidad una de las historias, reconoce en ella un episodio íntimo suyo que nunca contó a nadie —la primera fisura en una versión de la realidad cuidadosamente administrada.
Frente a ese silencio está Jasmine, la única amiga verdadera de Hunter: lectora voraz, científica en formación, capaz de discutir de igual a igual el mundo de fantasía que él inventó antes de que las visiones lo desplazaran todo. Ella es también la posibilidad de que las páginas dejen de ser un síntoma y se conviertan en un rastro que alguien más pueda leer.
Precedida por una advertencia explícita de la autora sobre abuso sexual, autolesión y suicidio, la novela discute su propia crudeza: sostiene que diluir estas historias es una forma de mantenerlas ocultas, y que las estadísticas solo empiezan a doler cuando recuperan un rostro. El resultado es un relato de misterio familiar y memoria recuperada que apuesta, sin ingenuidad, a que ninguna herida obliga a quedarse roto para siempre.
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