Chile, 1978. Rosalie Rivera tiene un matrimonio concertado desde los diez años y un prometido que, tras una cena aparentemente perfecta, la agrede en un callejón oscuro.
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Chile, 1978. Rosalie Rivera tiene un matrimonio concertado desde los diez años y un prometido que, tras una cena aparentemente perfecta, la agrede en un callejón oscuro. Una desconocida de pelo negro la salva a golpes y se presenta como Isa; lo que Rosalie no sabe es que su rescatadora es Artemisa, diosa que acaba de romper la ley divina de no intervenir en asuntos humanos. Mientras el silencio de Rosalie la obliga a mentir a sus propios padres, entre las dos crece una amistad que ninguna sabe nombrar todavía.
Concepción, marzo de 1978. Rosalie Rivera creció escuchando la historia de amor de sus padres —dos herederos de bufetes prestigiosos, casados por acuerdo familiar, que pasaron del odio al cariño— y creció también sabiendo que su propio matrimonio estaba pactado desde que tenía diez años. Nada le falta: una casa cómoda, padres que la aman, una carrera de Derecho recién empezada. Lo que le sobra es la certeza de que Ignacio, el prometido impecable que todos celebran, le provoca un rechazo que no sabe explicar.
Una noche, después de una cena que transcurre con una normalidad casi tranquilizadora, Ignacio se ofrece a acompañarla a casa antes del toque de queda. En un callejón, la cortesía se revela como cálculo: la inmoviliza contra la pared y decide por ella lo que, según él, iba a ocurrir de todos modos. La agresión se interrumpe de golpe cuando una mujer desconocida lo derriba y lo castiga sin contemplaciones. Rosalie escapa, se sienta en una banca temblando y recibe el saludo titubeante de su salvadora: se llama Isa.
Esa misma madrugada, el silencio de Rosalie se vuelve una trampa. Sus padres la llaman desde el hospital para contarle que su prometido fue “asaltado”; Ignacio ya ha impuesto su versión y le ha robado a Rosalie la posibilidad de contar la suya. Convencida de que ya nadie la creería, decide guardarse el secreto, uno más entre varios que su familia no conoce.
El relato alterna la voz de Rosalie con la de su rescatadora, que resulta ser Artemisa. Los dioses tienen prohibido intervenir en la vida humana —una regla que Zeus repite sin descanso—, pero la diosa no soportó ver a esa chica acorralada y actuó, midiendo apenas su fuerza divina para castigar sin matar. Después, con la ayuda interesada de Hermes, averigua quién es la muchacha rubia y se inventa una vida de lujos y viajes para colarse en sus clases de Derecho. Un error de principiante —no borrarle la memoria— la deja expuesta y, sobre todo, disponible: Rosalie sabe quién la salvó y promete callarlo.
Lo que empieza como vigilancia se transforma en compañía. Frontal y descreída una, reservada y educada en las formas la otra, chocan, se burlan, se buscan. Rosalie fotografía con su Polaroid lo que su gobierno prefiere negar; Artemisa observa sin comprender por qué un país entero acepta que un dictador decida por él, y descubre que la regla de no interferir empieza a pesarle de otro modo cuando quien está en juego ya no es “una humana” cualquiera.
La tensión se estrecha en la mesa familiar: los padres de Rosalie aceptan a Isa con una facilidad que a la diosa le huele a mal presagio, hablan de Ignacio como de un hijo, se lamentan de que no podrá tener hijos y planean usar sus influencias para dar con el agresor. Cuando llega la noticia de que la familia del prometido ha sido invitada a cenar, Rosalie palidece: tendrá que verlo por primera vez desde aquella noche. Sobre esa cena pende todo —el secreto, la mentira heredada, la rabia contenida de una diosa que no sabe cuánto tiempo más podrá controlarse— en una novela sobre el consentimiento, la complicidad familiar con el silencio y el vínculo que nace, precisamente, donde nadie pregunta nada.
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