En una península privada de Long Island, tres muertes ocurridas en el mismo fin de semana obligan a una joven a admitir que lo que parecía una racha de desgracias es en realidad un crimen.
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En una península privada de Long Island, tres muertes ocurridas en el mismo fin de semana obligan a una joven a admitir que lo que parecía una racha de desgracias es en realidad un crimen. Un zapato verde encontrado por un perro es la pieza que rompe su negación y la empuja a hurgar en el pasado de sus vecinos de toda la vida.
Swan Neck es una lengua de tierra cerrada por letreros de “Privado” y cadenas que nadie se molesta en tensar: cinco familias, una sola línea telefónica compartida, criadas que reciben a sus novios en un matorral llamado “La Selva” y una certeza tácita de que allí dentro toda la gente es honrada. El fin de semana del Día del Trabajo desmiente esa certeza tres veces. La madre de Elisabeth Sewell muere de un ataque al corazón en la habitación de la torre donde su padre solía pintar, después de pronunciar una frase que nadie entiende. Jim Hersey —huérfano, estrella deportiva, héroe de guerra, heredero reciente y marido de apenas seis meses— desaparece esa misma noche y aparece ahogado en la bahía al día siguiente. Y el jueves, de regreso del funeral de su madre, Liz recoge en la carretera a un forastero cuyo coche alquilado ha reventado un neumático.
Stuart Duff dice ser ingeniero, dice venir de Venezuela, dice buscar a su hermana Helena, que viajó a Nueva York para una cita con Jim Hersey y nunca volvió a casa con su hijo. Mientras conversan de cosas inocuas para no rozar el duelo de ninguno de los dos, el perro de Jim sale de la maleza con un zapato verde de mujer entre los dientes. La etiqueta es de una zapatería de Greenwich. Lo que sigue —dos personas arrastrándose a cuatro patas por un túnel de ramas hasta un cadáver que no pudo haber llegado allí por sus propios medios— convierte una serie de calamidades en un caso.
La novela avanza sobre una incomodidad muy precisa: no hay violencia visible salvo en la muerte de Helena, no hay vínculo aparente entre las tres pérdidas, y sin embargo el terreno donde apareció el cuerpo está amurallado por un seto impenetrable y una verja de hierro que se cierra cuando la casa queda vacía. Liz narra en primera persona y desde el futuro, con la voz de alguien que ya leyó las cartas que los desconocidos le escribieron cuando el caso llegó a los periódicos, y que insiste en presentarse como una muchacha corriente que tardó demasiado en ver lo evidente. Esa retrospectiva le permite desfilar, como en una proyección, a quienes creía conocer: un juez cuyo rostro ascético no disimula el miedo, su ama de llaves revelando el fondo que ocultó durante años, una tía dominante que se humilla para hacerse confidente, una nieta que toma notas para un libro que jamás escribirá, una viuda que llora por sí misma, una criada miope que guarda las gafas en el bolsillo, un muchacho de mente infantil y fuerza descomunal, un novio que de pronto se vuelve frío.
El motor no es la persecución sino la relectura. Liz sospecha que el secreto que amenaza a toda la colonia veraniega está enterrado en el pasado de alguno de los muertos, y que su madre supo algo antes de subir a la torre. Investigar significa desconfiar de la gente con la que compartió cada verano de su vida, y descubrir que la vecindad —esa mezcla de intimidad y desconocimiento— es el mejor escondite posible para una mente enferma. El relato conserva el aire de misterio clásico de casa de campo, con sus llaves custodiadas por una vecina, sus trofeos de caza sobre la chimenea y sus conversaciones telefónicas escuchadas por media península, pero lo tensa con una melancolía persistente: quien narra está de duelo mientras investiga, y cada revelación le cuesta una versión más de la gente que quería.
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