Rue Murray reparte copas y sonrisas en un club nocturno de Delaware mientras ahorra para terminar sus estudios y largarse a California, hasta que una antigua conocida aparece en la barra con una noticia que le vuelve del revés el futuro:…
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Rue Murray reparte copas y sonrisas en un club nocturno de Delaware mientras ahorra para terminar sus estudios y largarse a California, hasta que una antigua conocida aparece en la barra con una noticia que le vuelve del revés el futuro: va a ser padre. Erik, su nuevo vecino de rellano, es un escritor que acaba de perder la casa que había convertido en su único refugio y para quien cualquier cambio de rutina es una pequeña catástrofe. "Algo pequeño", de Piper Vaughn y M.J. O'Shea, arranca cuando uno de ellos llama a la puerta del otro con un bebé en el brazo y una petición que ninguno de los dos sabe todavía adónde va a llevarles.
Rue tiene el delineador impecable, el contoneo estudiado y una idea muy clara de hacia dónde va: acabar la escuela de belleza, juntar propinas suficientes y cambiar el invierno de Delaware por el sol del oeste de Hollywood. Trabaja en la segunda planta de un club donde las camisetas duran poco y las noches se le van entre bromas con Devon, música a todo volumen y clientes que nunca pasan de esa noche. Las relaciones, dice, no se le dan bien. El plan es sencillo, portátil y solo suyo.
Ese plan se rompe una noche cualquiera, con un vaso de agua en la mano, cuando Natalie —la chica con la que hizo un único experimento para confirmar lo que ya sabía de sí mismo— reaparece para decirle que está embarazada y que no piensa quedarse con el bebé. Rue podría dejar que la criatura siguiera el camino de la adopción. En cambio se oye a sí mismo diciendo que se hará cargo, empujado por el recuerdo de unos padres que lo cuidaron sin quererlo y a los que no ve desde los dieciséis años. Es una decisión tomada en tres segundos y con un pánico de meses por delante, sostenida sobre todo por Dusty, su mejor amigo, la única familia real que ha tenido y el tío autoproclamado de la niña que viene en camino.
En paralelo, la novela abre la puerta de otra vida. Erik es escritor y vive de unas ventas irregulares y de una editorial que acaba de rechazarle un libro. Un aviso de desalojo pegado en su puerta lo expulsa de la casa donde llevaba casi una década: el jardín que cuidaba, el sillón de piel cuyos reposabrazos acaricia para calmarse, las maquetas de naves y el orden minucioso que le permite funcionar. Las multitudes lo desbordan, los cambios lo paralizan y su cabeza, cuando se satura, se apaga como un servidor colapsado. Con la ayuda de su madre encuentra un apartamento más caro, con vecinos demasiado cerca, y dedica un mes entero a colocar cada objeto en el único sitio posible, entre maratones de la trilogía original de Star Wars y una maceta de geranios traída de la casa anterior.
Seis meses después, Alice ya duerme —a ratos— en un apartamento de cuarto piso lleno de suelos duros y esquinas afiladas. Rue descubre que las guarderías cuestan lo que una carrera universitaria, que en unas lo miran por encima de la nariz por llevar las uñas pintadas y que en otras el ruido y el caos le resultan insoportables. Sin opciones y casi sin tiempo, llama a la puerta de al lado: un hombre desconcertado con camiseta de Yoda que se queda mudo ante el delineador, los piercings del labio y el cinturón rosa de tachuelas de quien tiene enfrente. Es el primer contacto entre dos personas que parecen no compartir absolutamente nada, salvo un rellano.
Escrita a dos voces que se alternan en primera persona, la novela juega con el contraste entre el desparpajo de Rue y la mirada meticulosa y ansiosa de Erik, y encuentra su humor y su ternura en el choque de ambos registros. Es una historia sobre paternidad improvisada, sobre las familias que uno elige cuando la de origen falla, sobre lo que cuesta abrir la propia rutina a otra persona y sobre cómo un gesto mínimo —una llamada a una puerta— puede reorganizar por completo dos vidas que iban en direcciones opuestas.