Robert bebe hasta perder el equilibrio para huir del derrumbe de su familia; Vera, un año después, se calza unos tacones prestados y sale por primera vez de la vida obediente que otros diseñaron para ella.
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Robert bebe hasta perder el equilibrio para huir del derrumbe de su familia; Vera, un año después, se calza unos tacones prestados y sale por primera vez de la vida obediente que otros diseñaron para ella. Dos formas opuestas de romperse, y una noche en un callejón que ya los cruzó sin que ninguno lo sepa.
Hay dos maneras de no vivir la propia vida, y esta novela las pone una frente a la otra.
Robert huye. Sale de casa dando un portazo después de ver a su padre desmontar otra vez lo poco que quedaba en pie, y se instala en la barra de un bar de mala muerte con la única ambición de vaciar una botella. Bebe como quien busca anestesia, no diversión: sabe distinguir su sed de la de Nick, su amigo rico que bebe por aburrimiento y que esta noche, como todas, acabará cargando con él. Rob desprecia a la camarera, desprecia el sermón de Nick, se desprecia sobre todo a sí mismo, y camina de vuelta a casa por calles que no reconoce hasta doblarse en un callejón entre casas blancas y elegantes. Allí una voz de chica le ofrece ayuda: su padre es médico, viven justo ahí, hay un taxi esperando. Él le grita que se largue. Ella no se mueve, le pone un pañuelo en la mano y le paga la vuelta a casa. Rob se marcha convencido de que esa desconocida es una insensata, de que la bondad gratuita no es virtud sino debilidad expuesta, y sin embargo no suelta el pañuelo en todo el trayecto. Cuando llega, no se atreve a entrar: se acurruca en una mecedora del porche y deja que el sueño termine lo que empezó el vodka.
Un año después conocemos a Vera, y descubrimos de qué casa salía aquella voz. Vera Riff ha convertido en oficio el hacer lo correcto, hasta darse cuenta de que lo correcto siempre lo definía otro: un padre que controla desde los permisos hasta los cosméticos, unas expectativas a las que se ha amoldado hasta perderse. Tiene dieciocho años recién cumplidos, la graduación hecha y una plaza universitaria esperándola lejos de Tonwood, y ha decidido que su primer acto de desobediencia será algo tan modesto como una fiesta de fin de curso vigilada por profesores. Su amiga Ada —lanzada, incorregible, dispuesta a mudarse a Nueva York con un novio casi recién estrenado— llega con una bolsa de maquillaje y un vestido negro que Vera jamás habría elegido, y la convierte en alguien que no reconoce en el espejo. En el porche la despiden su madre, un par de pendientes de diamantes y la Polaroid de siempre; en el hotel Richardson la esperan las miradas, los cuchicheos y la incómoda revelación de que llamar la atención se parece bastante a estar fuera de lugar.
Entre ambos capítulos late lo que la novela aún no dice en voz alta: que la chica del callejón y la chica del vestido son la misma, que Rob todavía conserva su pañuelo, y que ese encuentro de un minuto entre un borracho furioso y una desconocida obstinadamente amable no fue una casualidad cerrada, sino la primera línea de algo. En el fondo, tanto el que se anestesia para no sentir como la que se anula para no molestar están buscando lo mismo: la rendija en el asfalto de la que hablaba el abuelo Frank, esa grieta por la que un brote verde encuentra por fin su lugar en el mundo.
Narrada en primera persona y en presente, alternando la voz áspera y autodestructiva de Robert con la voz atenta e irónica de Vera, la novela avanza por el contraste entre dos registros: el de quien ya ha perdido el control y el de quien nunca lo ha tenido. Familias que se sostienen a base de secretos, amistades que aguantan más de lo razonable, un pueblo pequeño que se queda atrás y la sospecha, dulce y aterradora, de que la vida propia empieza justo donde termina la que se esperaba de uno.