Novela documental de Elena Cabrejas que reconstruye, con voz literaria, la vida y el destino de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, secuestradas durante la última dictadura argentina.
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Novela documental de Elena Cabrejas que reconstruye, con voz literaria, la vida y el destino de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, secuestradas durante la última dictadura argentina. El relato sigue a la hermana Caty desde su despedida en Francia hasta su llegada a una villa del conurbano bonaerense, donde el trabajo pastoral con los más pobres se vuelve compromiso y, luego, condena.
«Algo habrán hecho (Monjas francesas desaparecidas)» es una obra de Elena Cabrejas publicada por Ediciones de la Flor que entrelaza narración, poema y correspondencia para contar una historia real: la de las misioneras francesas desaparecidas en Argentina durante el terrorismo de Estado, y la de las madres, familiares y militantes que compartieron su suerte. El libro se abre con una dedicatoria a los doce mártires de la Santa Cruz, y esa lista de nombres funciona como brújula moral de todo lo que sigue.
La estructura alterna dos temperaturas. Por un lado, un prólogo poético y una escena de vuelo nocturno escritos con crudeza y aliento simbólico: cuerpos arrastrados por pasillos, la enfermería del sótano, la inyección que adormece, el Fokker, el portón que se abre sobre el agua. Por otro, el relato paciente de una vida cotidiana: la hermana Alice Domon —Caty— despidiéndose de su familia en un aeropuerto francés, su llegada a la Casa de Catequesis de Morón, los chicos con discapacidad a los que enseña, el jardín de infantes, las inyecciones que aplica como enfermera, la amistad con la hermana Montserrat.
Esa vida se desplaza cuando Caty conoce Villa Esmeralda, un asentamiento oculto en un recodo de la avenida que lleva al aeropuerto, con sus canillas populares, sus techos de lata, sus basurales y su gente venida de las provincias pobres, de Bolivia y de Paraguay. Allí conoce al padre Juan, que vive entre los vecinos y ha decidido buscar trabajo en una herrería para poder ayudarlos. Manolito y su perro Pájaro, don Clementino y Simona Manzano, don Damasio Durazno y el Pecoso pueblan un barrio que la autora describe sin condescendencia: una comunidad que existe y no existe para la ciudad que la rodea.
Las cartas de Caty a su madre, a su hermana Bichette y a su tía Mandine son el hilo íntimo del libro. En ellas cuenta el idioma que le cuesta, la toca enganchada en la rama de un árbol, el afecto de sus alumnos, y también la decisión que se le va imponiendo: dejar las dos escuelas para irse a vivir con los pobres, junto a Montserrat. Lo que empieza como una vocación de servicio se convierte, sin proponérselo, en una posición política dentro de una sociedad que la autora define como injusta, indiferente e incapacitada.
El título condensa la frase con la que una parte de la sociedad justificó las desapariciones. Cabrejas la devuelve invertida, como acusación, y construye un texto donde la ternura y el horror conviven en la misma página: el mismo cuerpo que abraza a un chico en un pasillo de barro es el que, más tarde, aparecerá flotando en el mar «como un silencio que crecía como una acusación».
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