Ensayo divulgativo que se acerca a Alfonso X el Sabio desde una mirada poco habitual: la de un historiador y cinéfilo que se pregunta por qué el monarca medieval más representado en su propio tiempo apenas ha llegado a la pantalla.
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Ensayo divulgativo que se acerca a Alfonso X el Sabio desde una mirada poco habitual: la de un historiador y cinéfilo que se pregunta por qué el monarca medieval más representado en su propio tiempo apenas ha llegado a la pantalla. El libro combina el repaso de un siglo de conmemoraciones, biografías y exposiciones alfonsíes con el relato de los orígenes familiares del rey y de la Toledo del siglo XIII en la que nació, en vísperas del VIII centenario de su natalicio.
El 23 de noviembre de 1221, día de San Clemente, nacía en Toledo un rey del que, pese a la enormidad de su legado, sabemos menos de lo que suponemos. De esa paradoja parte este libro, escrito no por un medievalista sino por un historiador y aficionado al cine que un día reparó en una ausencia difícil de explicar: mientras el siglo XIII ha dado al celuloide a Robin Hood, Marco Polo, Gengis Kan, Francisco de Asís o Alexander Nevsky, y mientras otros monarcas peninsulares han sido llevados a la pantalla una y otra vez, Alfonso X el Sabio apenas ha merecido un puñado de apariciones testimoniales. La pregunta —¿por qué un reinado con la obsesión por la corona imperial, la ejecución de un hermano y la maldición lanzada sobre el propio heredero no ha tentado a los guionistas?— funciona como puerta de entrada a un recorrido mucho más amplio.
La primera parte traza el mapa de lo que se ha escrito y celebrado sobre el Rey Sabio a lo largo de un siglo: desde la sesión extraordinaria de 1921 en la Real Academia Española y los primeros grandes biógrafos, hasta los congresos, catálogos y exposiciones que jalonaron el centenario de 1984, las conmemoraciones de conquistas y fundaciones repartidas por Sevilla, Murcia, Ciudad Real, Lorca o Jerez, y las miradas llegadas desde Oxford, Nueva York o Filadelfia. El autor no se limita a inventariar: observa cómo cada aniversario ha construido un Alfonso distinto, y cómo el reto sigue siendo escapar de la estampa complaciente del «rey de baraja» para restituir una figura contradictoria y de espesor humano.
La segunda vertiente del libro reconstruye el punto de partida biográfico. Toledo aparece aquí como algo más que un decorado: antigua capital visigoda, marca media andalusí, ciudad de traductores, aljama poderosa, catedral gótica recién comenzada y arquitectura mudéjar en plena eclosión. En sus conventos e iglesias —San Clemente, favorecido por el rey que nació el día de su santo titular; San Román, consagrado el mismo año de 1221— sobreviven pinturas murales, privilegios y documentos que el relato va desplegando con detalle casi arqueológico. A ese escenario se suman los antecedentes familiares: la victoria de las Navas de Tolosa, la muerte accidental del niño Enrique I, la renuncia de Berenguela en favor de su hijo, el matrimonio de Fernando III con Beatriz de Suabia y esa ascendencia imperial germánica que años después alimentaría el Fecho del Imperio.
El resultado es un libro de doble filo: divulgación rigurosa y, a la vez, alegato sobre el modo en que una cultura elige a quién recuerda y a quién deja fuera del encuadre. Junto al monarca desfilan personajes que reclaman relato propio —el infante don Enrique, aventurero al servicio del emir de Túnez; la melancólica Cristina de Noruega; el judío Çag de la Maleha, chivo expiatorio tras el desastre naval de Algeciras— y, cerrando el círculo, la memoria personal del arquitecto que devolvió a la luz las pinturas medievales de San Clemente. Un homenaje escrito en el umbral del VIII centenario, cuando el Rey Sabio vuelve a estar, otra vez, pendiente de ser contado.
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