«Alexitimia. La imposibilidad de decir “Te quiero”», de Fernando de la Calle Medrano, cuenta la historia de Félix, un joven incapaz de identificar y nombrar lo que siente, a través del cuaderno de tapas amarillas donde acabó escribiendo…
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«Alexitimia. La imposibilidad de decir “Te quiero”», de Fernando de la Calle Medrano, cuenta la historia de Félix, un joven incapaz de identificar y nombrar lo que siente, a través del cuaderno de tapas amarillas donde acabó escribiendo todo aquello que nunca supo decir en voz alta. Narrada por el amigo que lo acompañó en silencio desde la infancia, la obra alterna prosa, aforismos y microtextos para trazar el recorrido que va del letargo emocional al despertar provocado por una mujer llamada Elena.
Hay personas que sienten y no saben decirlo. Félix es una de ellas. Desde niño atravesó los días con una calma que los demás confundieron con frialdad: no lloró el primer día de colegio, no celebró aprobados ni protestó por suspensos, no mostró celos cuando nació su hermano. Los que lo rodeaban lo tacharon de impasible, de alguien que no necesita a nadie. Solo el narrador de esta historia —un compañero de pupitre que un día le ofreció un par de galletas y se quedó a su lado sin pedir conversación a cambio— intuyó lo contrario: que Félix necesitaba más de lo que ninguno de ellos era capaz de imaginar.
Años después, ya con veintitrés, ese amigo regresa a Madrid y lo encuentra encogido en un rincón de su habitación, con el rostro surcado de lágrimas y, junto a él, un cuaderno de tapas amarillas que siempre había ocultado. Al abrirlo, descubre una obra dentro de la obra: páginas escritas por alguien que se dedicó durante años a poner nombre a las emociones ajenas porque no lograba nombrar las propias. El libro se construye sobre ese hallazgo y avanza en dos movimientos —Letargo y Despertar— que funcionan como las dos mitades de una misma vida.
En la primera, el cuaderno registra el aislamiento: los ejercicios de una terapia consistente en observar cafeterías y catalogar rostros ajenos, las hojas arrancadas y arrugadas al no encontrar la palabra exacta, las frases tachadas y sustituidas cada vez que se acercaban demasiado a la verdad. Ahí aparecen la soledad como compañía permanente, la cárcel de la mente, el ave enjaulada que olvidó volar y una idea que atraviesa todo el libro: que decir “te quiero” es el único superpoder que importa, y también el arma con la que la gente se hiere sin darse cuenta.
En la segunda, el mecanismo se invierte. Un trozo de servilleta olvidado dentro del cuaderno —“Nada como sentirse fuera de lugar para saber que perteneces a este mundo”— conduce a Félix hasta Elena, una veterinaria de carácter reservado que desayuna cada mañana en la misma cafetería. El conteo de los días se reinicia, las tachaduras desaparecen y la escritura se vuelve luminosa: retales de felicidad, mapas dibujados en la espalda, la fortaleza blanca de una cama compartida, la primavera como historia que nunca quiso escuchar y le tocó vivir.
Formalmente, «Alexitimia» es un libro híbrido y deliberadamente fragmentario. La voz del narrador, en prosa, sostiene el relato y explica el contexto; el cuaderno de Félix lo interrumpe con textos breves numerados, poemas visuales, diálogos de dos líneas y entradas fechadas por días. Esa alternancia no es un adorno: reproduce la manera en que alguien que no puede hablar de sí mismo termina expresándose a golpes, por acumulación, en piezas sueltas que solo cobran sentido al leerse juntas.
El resultado es un relato sobre el amor entendido como aprendizaje tardío y como riesgo asumido —“Te voy a querer toda la vida, aunque toda la vida no signifique para siempre”—, y sobre lo que se juega quien decide desarmar su propia coraza. Un libro para leer de un tirón o a pequeños sorbos, y para quienes reconocen que a veces el silencio no es ausencia de sentimiento, sino falta de idioma.