Dos mujeres avanzan en paralelo por una Buenos Aires de trámites, autopistas y pantallas: una profesora de Educación Cívica a la que un control de alcoholemia dejó cumpliendo treinta horas de tareas comunitarias, y una noctámbula de Zona…
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Dos mujeres avanzan en paralelo por una Buenos Aires de trámites, autopistas y pantallas: una profesora de Educación Cívica a la que un control de alcoholemia dejó cumpliendo treinta horas de tareas comunitarias, y una noctámbula de Zona Norte que vuelve de un evento a las tres de la mañana. Lolita Copacabana las llama «la madre de Elle Fanning» y «Lindsay Lohan», y sostiene esos nombres prestados capítulo tras capítulo hasta convertirlos en una lente. El resultado es una novela sobre la vida cotidiana de gente observada: lo que queda de la intimidad cuando uno sabe que siempre hay alguien mirando.
«Aleksandr Solzhenitsyn» avanza por alternancia. En un capítulo, la madre de Elle Fanning abre un correo de la Defensoría y descubre que su causa por alcoholemia se resolvió en una lista de condiciones: treinta horas de tareas comunitarias, un curso de seguridad vial, quince días sin conducir, una donación, una fecha límite anotada en la agenda dentro de una nube dibujada a mano. En el siguiente, Lindsay Lohan baja la ventanilla de su Mini Cooper en la Panamericana, un jueves a las tres de la mañana, con Tara Reid de acompañante y un desvío de quince minutos por delante. Las dos historias no se tocan; se turnan, y en ese turno se explican.
El gesto formal más visible de la novela es el nombre. Copacabana nunca abrevia: sus protagonistas son nombradas por completo en cada frase, otra vez y otra vez, hasta que la repetición deja de sonar a chiste y empieza a funcionar como un procedimiento. El nombre famoso actúa como máscara y como etiqueta a la vez, y lo que asoma detrás es una vida bastante común: la elección angustiada de una institución en una carpeta fotocopiada, el cálculo de si conviene el sindicato que regala útiles escolares o el que ofrece viajes a la costa, el chicle de nicotina apretado contra la encía, la ensalada de tomate y huevo, la búsqueda en Google de enfermedades transmisibles por mordedura de comadreja.
La segunda línea funciona con otro pulso. Ahí hay velocidad, radio a volumen medio, amistades que duran lo que dura una noche, confidencias sobre un abogado casado que apareció por Twitter, y una educación sentimental hecha de manejo defensivo y geografía suburbana: la cercanía a Libertador, el túnel o la barrera, los minutos hasta la autopista. Copacabana registra esa taxonomía con la misma paciencia con que registra un expediente judicial, y de la simetría entre ambos inventarios sale buena parte del humor del libro, seco, sin subrayado, siempre a temperatura baja.
Lo que la novela pone en juego es la vida mirada: las redes sociales, las cámaras de seguridad que alguien menciona dos o tres veces de más, la conciencia permanente de estar siendo evaluado por un juez, un supervisor, una amiga, un timeline. Frente a un material que invita al escándalo, el libro elige la escala menor: un día de lluvia, una caminata de treinta cuadras al amanecer, una conversación con un funcionario en una oficina limpia que da al verde. La distancia narrativa es constante y deliberadamente plana, y esa planicie es lo que permite que los momentos de ternura aparezcan sin aviso.
El volumen se abre con un prólogo de Almudena Sánchez, que lee la novela como un relato de supervivencia frente a la imagen proyectada, y lleva una ilustración de cubierta de Núria Inés «Tinta Fina». Lolita Copacabana —seudónimo de Inés Gallo de Urioste, nacida en Buenos Aires en 1980, escritora, traductora y editora, seleccionada en 2017 por el Hay Festival de Bogotá entre los mejores autores latinoamericanos menores de treinta y nueve años— publicó este título en Editorial Barrett en enero de 2019.
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