Seis meses después de una boda deslumbrante, Gwendolyn y Christopher Hallcroft descubren que la cortesía impecable que los une también los mantiene a distancia.
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Seis meses después de una boda deslumbrante, Gwendolyn y Christopher Hallcroft descubren que la cortesía impecable que los une también los mantiene a distancia. En una finca inglesa cubierta por la primera nieve, ella echa de menos el bullicio afectuoso de su familia y él, hombre influyente y de palabra medida, no encuentra el modo de decir en voz alta lo que siente. La idea de organizar una fiesta de Navidad en la casa se convierte en el terreno donde ambos ensayarán, por fin, una conversación verdadera.
La primera nevada del invierno abre esta novela romántica de época con una escena que resume todo su conflicto: un matrimonio joven sale a cabalgar por los campos helados de su propiedad y disfruta de una intimidad que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Gwendolyn Hallcroft, antes la señorita Harper y una de las debutantes más celebradas de su temporada, ama a su marido sin reservas; Christopher Hallcroft, miembro respetado de la cámara alta y voz solicitada en los asuntos públicos, la ama con la misma certeza. Entre ellos, sin embargo, se interpone una educación compartida en la formalidad: cumplidos exactos, manos que se rozan y se separan, palabras de afecto reservadas para la oscuridad del dormitorio.
El cortejo de ambos fue tan correcto como vacío de confidencias. Se conocieron bajo la vigilancia de un salón entero, se comprometieron con carabina de por medio y se casaron con toda la pompa que sus familias pudieron concebir. Solo un encuentro casual —un abanico caído, una frase espontánea, un elogio que se le escapó a él antes de poder medirlo— rompió alguna vez ese protocolo, y fue precisamente ese instante el que decidió el corazón de ella. Después vino un largo viaje de bodas por las capitales europeas, lleno de recepciones y anfitriones ilustres, que los mantuvo ocupados sin permitirles conocerse.
De regreso en Inglaterra y recluidos en la casa de campo, la vida se vuelve una sucesión de días iguales. Gwendolyn, criada entre hermanos ruidosos y abrazos fáciles, pasa las mañanas bordando junto a una suegra impecablemente amable cuya reserva no logra descifrar, y siente crecer una inquietud que la avergüenza: ¿cómo puede estar descontenta si se casó con el mejor caballero del mundo? Christopher, por su parte, observa en los ojos de su esposa una sombra que aparece y se desvanece, se pregunta si ella se arrepiente y descarta con alivio sus sospechas más innobles hasta dar con la clave: no le falta amor, le falta su familia y la cercanía de las fiestas lo vuelve más agudo.
De esa conclusión nace su plan. Convoca a Gwendolyn a su estudio —el cuarto que ella nunca ha pisado y que ha llegado a resentir como el rival que le roba horas de compañía— y le propone algo inesperado: que sea ella la anfitriona de una gran reunión navideña en la casa. El encargo es a la vez un regalo y una prueba. Ella acepta encantada, hasta descubrir que los invitados serán en su mayoría figuras del círculo político de su marido, desconocidos para quien no fue criada en ese mundo, y que tendrá que estar a la altura sin saber muy bien qué se espera de ella.
Con los hermanos de Christopher a punto de llegar de vacaciones y una casa que debe transformarse antes de Navidad, la novela avanza sobre un terreno de gestos mínimos: un apretón de manos que dura de más, una carrera a caballo bajo la nieve, un cumplido dicho sin pensarlo. Es una historia de época sobre dos personas que ya se aman y solo necesitan aprender el idioma para decírselo, ambientada en la calidez doméstica de una casa señorial inglesa durante la temporada navideña, con sus tradiciones, sus jerarquías y sus silencios elocuentes.