En un departamento frente al Parque Forestal de Santiago, un almuerzo entre amigos que rondan los cincuenta deriva en un pacto: contar sin rodeos los secretos de alcoba de cada uno.
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En un departamento frente al Parque Forestal de Santiago, un almuerzo entre amigos que rondan los cincuenta deriva en un pacto: contar sin rodeos los secretos de alcoba de cada uno. Alcobas licenciosas reúne esas confesiones —inventadas, exageradas o dolorosamente ciertas— en una novela de relatos donde el deseo, la memoria y las jerarquías sociales del Chile de la posdictadura terminan siendo inseparables.
Todo empieza con una sobremesa que se niega a terminar. Llueve sobre el Parque Forestal, alguien propone hablar de intimidades y el anfitrión, Edgar Torreblanca —hijo de senador radical, antiguo militante, sobreviviente de la clandestinidad y del exilio— acepta convertir la tarde en un baile de máscaras. La regla es simple y tramposa: desnudar lo guardado «en la buhardilla del escrúpulo», aunque se invente, se exagere o se adopten historias ajenas. Entre los comensales hay un escribiente dispuesto a anotarlo todo y a falsear nombres, fechas y lugares.
De ese pacto nacen los relatos que componen el libro: falsas imágenes de inocencia, amores equívocos, viajeros de pasiones inconclusas, encuentros mediados por la música o por la botánica, amantes separados por la distancia. El primero lo cuenta Flavio Riquelme, actor de teatro que pasó años fuera de Chile, y ocurre en un caserón de la calle Catedral: huérfano de madre, con el padre vendiendo salitre en Londres, el adolescente queda al cuidado de dos tías devotas que reciben de noche a diplomáticos franceses por la puerta de servicio, mientras el jardinero sordo y la cocinera ebria duermen y Jovita, la criada, sostiene sobre sí el peso entero de la casa.
Garib construye una novela de cajas chinas donde la comedia de costumbres y el relato erótico funcionan como instrumento de diagnóstico. Detrás del champán, los muebles barrocos y los piropos prestados a poetas europeos asoma lo que el libro nombra sin eufemismos: una tradición en la que la muchacha enviada al servicio doméstico formaba parte del inventario del placer de patrones e hijos de familia, muchas veces con la complicidad del resto de la casa. La memoria del deseo y la memoria política avanzan en paralelo: en la televisión un general se declara inocente de los crímenes que dirigió; en el salón se recuerdan detenciones, delaciones y desapariciones. Diecisiete años de dictadura explican tanto la dispersión de estas amistades como su apetito de frivolidad.
El resultado es un libro de voz oral, prosa cargada de imágenes y humor de doble filo, que sitúa al lector en el mismo lugar incómodo que el muchacho escondido bajo el catre: mirar, reconocer y no poder seguir llamando inocente a lo que ve.
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