En Zamora, un barman de veintinueve años organiza su vida alrededor de media hora de telediario: la que dura la aparición de una presentadora a la que solo conoce a través de la pantalla.
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En Zamora, un barman de veintinueve años organiza su vida alrededor de media hora de telediario: la que dura la aparición de una presentadora a la que solo conoce a través de la pantalla. «Alcanzar una estrella», de José Luis Díaz, sigue a Enrique entre turnos de barra, visitas obligadas a su madre y noches de copas con su amigo Ricardo, mientras intenta decidir si su obsesión es un amor, una fuga o simplemente la forma que ha encontrado de aplazar su propia vida.
Enrique tiene veintinueve años, vive solo en un apartamento pequeño y desordenado, prefiere los boleros a las modas del momento y guarda en la vitrina del salón las copas de alpaca que ha ganado en concursos de coctelería por toda España. Aprendió el oficio a los dieciséis, cuando murió su padre y la pensión de viudedad no alcanzó para sostener la casa; desde entonces es, a la fuerza, el hombre de la familia. Su rutina está hecha de horarios de hostelería, visitas semanales a una madre que sigue llamándole «niño» y le insiste en que busque una chica hacendosa, y salidas nocturnas con Ricardo, cocinero y único amigo, cuya idea del deseo es tan práctica como la de Enrique es idealizada.
En el centro de esa rutina hay un rito diario: el telediario. Enrique conoce de memoria el flequillo, los hoyuelos, el verde exacto de los ojos de la presentadora que lo da; ha llegado a besar la pantalla y a buscarla, sin suerte, en las revistas del corazón. La novela construye ese enamoramiento a distancia con una mezcla desarmante de ternura y ridículo: el protagonista fantasea con una fortuna imposible que le permitiría comprar la cadena y conquistarla desde un despacho, y al mismo tiempo se sabe «un simple camareta» condenado a mirar hacia arriba.
Una noche de decepciones —un episodio de discoteca con dos travestis, un fracaso con una chica llamada Inés que no bebe ni se besa el primer día— lo empuja a intentar la cura por la fuerza de voluntad: apaga esa cadena y se prohíbe pensar en ella. La abstinencia dura hasta que una entrevista en un quiosco le revela que su estrella está soltera y le gusta el arte contemporáneo. Enrique compra tres ejemplares, duerme abrazado a uno, se suscribe a una colección de fascículos, empieza a visitar exposiciones y hasta a pintar. La obsesión no se apaga: se convierte en programa de mejora personal. El azar hace el resto cuando un concursante de televisión, cliente de su barra, menciona de pasada que en la cafetería de los estudios cambian de personal cada dos por tres. Enrique coge el coche rumbo a Madrid con una entrevista de trabajo en la cabeza y una idea mucho menos confesable debajo.
El relato avanza en tercera persona, muy pegado a la conciencia del protagonista, alternando su monólogo interior con diálogos de calle rápidos y llenos de argot. Es un retrato de época y de clase: la España provinciana de la hostelería, las revistas del corazón y la televisión como única ventana al glamour, con el dinero señalado una y otra vez como la frontera que separa a quien mira de quien es mirado. Conviene advertir que el humor de los personajes es crudo y frecuentemente ofensivo —hay comentarios machistas y homófobos puestos en su boca, tratados como chascarrillo de barra— y que el texto disponible se interrumpe en pleno viaje a Madrid, justo cuando el sueño está a punto de tocar el mundo real.
Queda entonces la pregunta que sostiene toda la obra: qué pasa cuando la estrella deja de estar en el cielo y empieza a estar en el mismo edificio.
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