Un novelista bloqueado se refugia en una cabaña de montaña para terminar el libro que se le resiste, y allí descubre que la mariposa de alas rojas que insiste en posarse sobre su oreja es en realidad un hada diminuta, burlona e imposible…
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Un novelista bloqueado se refugia en una cabaña de montaña para terminar el libro que se le resiste, y allí descubre que la mariposa de alas rojas que insiste en posarse sobre su oreja es en realidad un hada diminuta, burlona e imposible de ignorar. Ella dice haber venido a concederle un deseo que ni siquiera él conoce todavía: uno que elegirá su corazón cuando llegue el momento, y tras el cual ella desaparecerá. Entre desayunos compartidos, travesuras domésticas y páginas que por fin vuelven a escribirse, el relato avanza hacia el pico, el lago y la ciudad, y hacia una pregunta incómoda: qué ocurre cuando lo que devuelve la vida a alguien tiene fecha de caducidad.
La primavera derrite la nieve de las cumbres que se ven desde la ventana del estudio, pero dentro de la cabaña nada se mueve. El narrador —un escritor que se mudó al pie de la montaña buscando aislamiento, silencio y distancia de un desengaño amoroso— lleva dos meses frente a una pantalla en blanco. Lo que un día fue placer se ha vuelto obligación, y la obligación, parálisis: se niega a llamar a su familia, se niega a admitir el fracaso, y confunde la soledad con disciplina. La montaña que ama sigue llamándolo, y él ya casi no sabe escucharla.
Entonces aparece la mariposa. Roja, insistente, empeñada en posarse sobre su oreja una y otra vez, como si jugara. Un manotazo, otro, un reflejo en el cristal de la ventana, y por fin la revelación que su sentido común rechaza: no hay insecto, sino un cuerpo diminuto de mujer envuelto en alas rojas salpicadas de negro, amarillo y verde. La visión lo persigue toda la tarde y toda la noche, hasta que a la mañana siguiente la encuentra columpiándose en la lámpara de su dormitorio, cruzada de brazos, reprochándole que duerme demasiado.
Lo que sigue no es una revelación solemne sino una convivencia desordenada y cómica. El hada lo sigue al baño, interroga cada objeto de la cocina, se come una tostada varias veces mayor que ella pese a asegurar que las hadas no comen, y exige exactamente la misma ración que él. Es curiosa hasta el agotamiento, sarcástica, capaz de sacarle la lengua y, un segundo después, de un beso en la mejilla que lo desarma. El narrador lo resume sin querer reconocerlo del todo: es adorablemente insoportable. Y con ella cerca vuelve a reír, vuelve a oler la madera de las paredes, vuelve a mirar el bosque como lo miraba antes.
El pacto que ella propone es sencillo y desconcertante. Ha venido a concederle un deseo, pero él no puede elegirlo: lo elegirá su corazón, en algún momento que ni siquiera ella conoce todavía. Hasta entonces, promete vigilarlo. La condición pesa desde la primera página: cumplido el deseo, ella desaparecerá. Casi sin darse cuenta, el escritor pasa cuatro horas seguidas escribiendo por primera vez en meses —y descubre que ella, sentada en la estantería junto a un viejo oso de peluche, ha visto los paisajes, los relojes, los remordimientos y el amor de su novela sin saber leer y sin ver la pantalla. Cuando las palabras salían de sus dedos, ella percibía las imágenes y el perfume de las flores.
Desde ahí el relato se abre hacia fuera: los senderos de la montaña y el lago al pie del pico predilecto, un encuentro que altera las reglas del juego, unas alas de otro color y, más tarde, la ciudad. La novela se lee como una fábula íntima sobre el bloqueo creativo y la manera en que la alegría ajena reordena una vida encerrada en sí misma, contada en primera persona, con humor doméstico, atención sensorial al paisaje y una ternura que no evita la melancolía. Bajo la comedia de convivencia late siempre la misma cuenta atrás: cuanto más se parece ella a una musa, a una compañía, a un amor, más cerca está el deseo que la hará marcharse.