Un arquitecto limeño despierta atado a una cama de hospital sin recordar cómo llegó allí. Lo que empezó como una supuesta vacuna nocturna se revela como un internamiento psiquiátrico decidido por su familia: un episodio maníaco severo.
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Un arquitecto limeño despierta atado a una cama de hospital sin recordar cómo llegó allí. Lo que empezó como una supuesta vacuna nocturna se revela como un internamiento psiquiátrico decidido por su familia: un episodio maníaco severo. Entre celadores, medicación y compañeros de sala, deberá enfrentarse a un diagnóstico que se niega a aceptar.
A las siete de la mañana de un miércoles cualquiera, Pablo Leguía abre los ojos frente a un techo blanco resquebrajado que no reconoce. Tiene treinta y cinco años, es arquitecto especializado en urbanismo y está atado por las muñecas a las barandillas de una cama de hospital. La noche anterior su padre, sus hermanos y su cuñado lo subieron a un automóvil con el pretexto de una vacuna urgente contra la intoxicación por mariscos; el viaje terminó en la sala de emergencia de una clínica de rehabilitación, en una entrevista con un médico que lo escuchaba «con el rigor de un entomólogo» y en la aguja de un sedante.
La novela sigue, hora a hora, ese primer día de encierro: la ducha vigilada por un celador en un baño sin espejos —«de manera que nadie podía ver reflejada su demencia»—, la fila del pasillo donde una enfermera le entrega cuatro pastillas de distintos colores, las dos horas de jardín con el césped cortado al ras, el comedor de mesas largas donde Martín, un joven de Tarapoto internado por drogas, le pregunta sin rodeos si es «drogo» o está «rayado». A las once, el doctor Roberto Jiménez pone nombre a lo que ocurre: un cuadro maníaco severo, una de las fases del trastorno bipolar. Dos semanas de internamiento. Pablo responde con indignación, con argumentos jurídicos, con la certeza de que todo es un malentendido administrativo que se resolverá en cuanto alguien lo escuche de verdad.
El médico le entrega veinte hojas en blanco y le sugiere escribir su versión de los hechos. Pablo acepta convencido de estar redactando un documento fundacional —el manifiesto de una ciudad amurallada de dos mil hectáreas en Paracas, gobernada por un consejo de amigos poderosos a la vieja usanza romana; el sistema informático sin unidad central; el estuche impermeable para celulares—, mientras el lector reconoce en ese mismo entusiasmo inagotable los síntomas que él no ve. Alrededor de la carta que no consigue empezar se despliega la memoria: el correo electrónico enviado con varias copas de pisco encima, la esposa que se fue, la biblioteca completa regalada a un conocido que ni siquiera dio las gracias, el tío Estuardo y sus miles de libros malvendidos por unos herederos mezquinos, y una ceremonia de ayahuasca en una comunidad shipiba cerca de Pucallpa, junto a un anciano llamado Abelardo Muñoz que el protagonista había conocido a los siete años.
Escrita en tercera persona y con una prosa precisa, atenta al detalle material del pabellón —el olor a desinfectante, el piso de cemento húmedo, el azafate con zumo de papaya—, la obra construye su tensión sobre una distancia incómoda: la que separa lo que Pablo cree estar viviendo de lo que el lector ve. Esa distancia se vuelve también social. El arquitecto mira a sus compañeros de mesa y decide que son pobres, que cualquiera de ellos podría ser hijo de la sirvienta de su casa; los llama resentidos cuando lo observan; pide una habitación privada mordiéndose la lengua para no decir en voz alta lo que piensa. La enfermedad no lo despoja de sus prejuicios: los expone.
Bajo la dedicatoria «A los que luchan toda la vida» y una cita de Hemingway sobre la vulnerabilidad de quienes poseen sentido de la belleza y coraje para arriesgarse, este relato de internamiento evita tanto la caricatura clínica como la exaltación romántica de la locura. Lo que ofrece es algo más difícil: la voz de alguien que se cree en el punto más alto de su lucidez mientras alrededor todos ven un derrumbe, y la lenta pregunta —suya y del lector— de quién tiene razón.
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