Novela breve de Mijaíl Kuzmín publicada en 1905, considerada la primera de la literatura rusa que aborda de manera abierta un amor entre hombres. Sigue a Vania Smúrov, un adolescente huérfano que se traslada a San Petersburgo bajo la…
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Novela breve de Mijaíl Kuzmín publicada en 1905, considerada la primera de la literatura rusa que aborda de manera abierta un amor entre hombres. Sigue a Vania Smúrov, un adolescente huérfano que se traslada a San Petersburgo bajo la tutela de su tío y descubre allí, entre la música, el estudio del griego y una sociedad que lo desconcierta, el despertar de su sensibilidad y de su deseo. Con prosa refinada y una narración de trazos elípticos, Kuzmín compone una historia de aprendizaje donde el amor aparece como consecuencia de la libertad, y la libertad como fruto de la cultura.
Un tren que sale de una ciudad de provincias abre esta novela y marca, sin subrayarlo, el desplazamiento que la sostiene entera. Iván Smúrov —Vania para casi todos— acaba de perder a su madre y viaja hacia San Petersburgo al cuidado de su tío Kostia, que se hará cargo de su educación. Lo que parece un simple cambio de domicilio se revela pronto como un tránsito de otro orden: el paso de una adolescencia protegida a un mundo de salones, óperas, casas de baños, lecturas y conversaciones donde nada se explica del todo y todo pide ser interpretado.
En esa ciudad, Vania encuentra dos presencias que orientan su formación. Larión Dmítrievich Shtrup, hombre acomodado y sin ocupación aparente, viajero y amante del arte, le enseña a mirar de otro modo: a desconfiar de las herencias recibidas, a exigirse cultura y juicio propio, a imaginar una vida en la que un hombre libre pueda, según la imagen que da título al libro, dejar crecer sus alas. Daniíl Ivánovich, su profesor de griego en el gimnasio, le abre la puerta de la Antigüedad y de una belleza que no está reñida con el conocimiento; su papel es también el de mediador, el que acerca al muchacho y a Shtrup. Entre ambos, Vania va comprendiendo que el sentimiento que crece en él no encaja en el modelo de amor que la sociedad le ha enseñado a esperar, y que reconocerlo implica atravesar un desconcierto que a ratos se parece al miedo.
La novela se organiza en tres tramos que funcionan como tres estaciones de ese aprendizaje: la ciudad, el campo y, finalmente, Italia. El movimiento va de lo anónimo y ruidoso a un espacio idealizado, casi mítico, donde el relato encuentra su cierre. Kuzmín narra por fragmentos: entrega solo lo indispensable, corta las escenas antes de que se cierren, deja que el lector complete lo que ocurre entre una y otra. Los personajes se dibujan con pocos rasgos, aunque conservan el espesor psicológico necesario para no volverse figuras de cartón.
Buena parte de la carga significativa recae en las imágenes y los objetos. Un ramo de jacintos, una función frustrada de ópera, una pared pintada de azul claro, las alusiones insistentes a Grecia: detalles que parecen decorativos y que van sembrando un segundo nivel de lectura, cifrado para quien sepa leerlo. Con ese procedimiento, Kuzmín reconstruye también los espacios de sociabilidad de la Rusia de comienzos del siglo XX, incluidos los círculos discretos donde algunos hombres podían reconocerse.
Escrita en un año de sacudidas —1905, el del Domingo Sangriento y el motín del Potiomkin—, la novela provocó escándalo y adhesión a partes iguales. Su interés, sin embargo, excede la novedad temática. Bajo la superficie serena, de linaje chejoviano, late una reflexión sobre el vínculo entre el saber y la libertad, y sobre el amor como forma de conciencia del otro. La escritura, de frases largas y léxico rico, se ajusta con precisión a cada escena, y la figura mitológica que remata el libro sintetiza esa apuesta: la belleza antigua puesta al servicio de una vida por hacer.