Retrato de Alan Turing construido a la vez desde su carácter y desde sus ideas: el matemático tímido, de humor travieso y risa estridente que, persiguiendo un problema abstracto sobre los fundamentos de las matemáticas, terminó imaginando…
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Retrato de Alan Turing construido a la vez desde su carácter y desde sus ideas: el matemático tímido, de humor travieso y risa estridente que, persiguiendo un problema abstracto sobre los fundamentos de las matemáticas, terminó imaginando la máquina universal de programa almacenado. Un recorrido que va de Sherborne y Cambridge a Bletchley Park y Manchester para explicar por qué cada gesto de abrir algo con un clic, una pulsación o un toque le debe algo a él.
El libro no empieza por una fecha, sino por una pregunta: qué tres palabras resumirían a Alan Turing. Humor, valor, aislamiento. Y otras tres: patriota, original, genial. De ese ejercicio nace un retrato físico y moral inusualmente concreto: un hombre de constitución ancha y aspecto más joven de lo que era, de ropa raída y uñas sucias, capaz de emitir un sonoro «Ah… Ah… Ah…» para que nadie lo interrumpiera mientras pensaba lo que iba a decir. Alguien que podía preguntarte si un ordenador llegaría a disfrutar de las fresas con nata, o por qué el espejo invinvierte la imagen de izquierda a derecha pero no de arriba abajo, y que también podía irse de la habitación si sospechaba que no lo escuchabas con atención.
Sobre esa base se despliega la vida. Turing nace en Londres en 1912 y crece en una infancia acomodada pero casi huérfana, con los padres destinados en la India y una escolarización interna iniciada a los nueve años. En Hazelhurst aparece el inventor —una pluma estilográfica de diseño propio, una máquina de escribir, un acumulador para los faros de la bicicleta—; en Sherborne, el matemático que prefiere sus propios métodos, «torpes y engorrosos» unas veces, «brillantes pero poco sólidos» otras, y al que el director apoda «el alquimista». En King’s College encuentra por fin un hogar intelectual: remo, bridge, ópera, un violín de segunda mano y, sobre todo, matemáticas.
El corazón del relato es el invierno de 1935, cuando unas conferencias de Max Newman sobre los fundamentos de las matemáticas le plantan una idea: todo procedimiento sistemático puede ejecutarlo una máquina. Un año de cavilación solitaria más tarde entrega «On Computable Numbers», donde conviven la máquina universal —una cinta infinita, un lector, programas y datos escritos en el mismo soporte— y la demostración de que existen problemas bien definidos que ninguna máquina puede resolver. El libro sitúa ese hallazgo entre la incompletitud de Gödel y la ambición de Hilbert de una «piedra filosofal» matemática, y explica con claridad por qué el trono de Hilbert quedó sin patas.
Luego llega la guerra: Bletchley Park, Enigma, la «bomba», el Enigma de los submarinos, la máquina Tunny y el método bautizado «turingería» que alimentaría los algoritmos de Coloso. Y después el intento de convertir la abstracción en metal: el diseño del ACE, su descendiente comercial DEUCE, la carrera perdida contra el «Bebé» de Manchester, los primeros pasos de la inteligencia artificial —un programa que jugaba al ajedrez, el manifiesto «Intelligent Machinery», la idea de una red de neuronas artificiales— y, al final, las ecuaciones del crecimiento biológico que hoy generan manchas de leopardo, caracolas y neuronas simuladas. Turing muere a los cuarenta y un años, en plena investigación.
Escrito a partir de años de conversaciones con sus colegas y amigos más cercanos, el volumen combina biografía, historia de la computación y divulgación matemática sin sacrificar el detalle técnico ni el matiz humano: la inocencia y la humildad detrás del exterior hosco, la soledad buscada y sufrida, y la escala real de un legado que se mide en un millón de ordenadores vendidos al día.