Birahima, un niño malinké de diez o doce años, cuenta con humor áspero y lengua desbocada cómo pasó de la choza de su madre enferma a los frentes de Liberia y Sierra Leona con un fusil al hombro.
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Birahima, un niño malinké de diez o doce años, cuenta con humor áspero y lengua desbocada cómo pasó de la choza de su madre enferma a los frentes de Liberia y Sierra Leona con un fusil al hombro. Ahmadou Kourouma convierte esa voz infantil, armada de cuatro diccionarios, en un retrato demoledor de las guerras de niños soldado en África occidental.
Quien habla en esta novela es Birahima, un chico malinké de diez o doce años —ni él ni su familia se ponen de acuerdo— que dejó la escuela en segundo grado y decide, con una mezcla de descaro y solemnidad, sentar al lector para contarle su vida. Se presenta en seis puntos, como quien rinde cuentas: es insolente, habla mal el francés, insulta en su lengua, ha matado con kalashnikov y se ha drogado. La confesión llega antes que el relato, y con ella el título que él mismo se otorga: Alá no está obligado a ser justo en todas sus cosas de aquí abajo.
El punto de partida es la choza materna en el pueblo de Togobala. Allí, entre pucheros de cocimientos y el humo del hogar, la madre de Birahima se arrastra sobre las nalgas con una pierna devorada por una úlcera que ningún hospital colonial ni ningún curandero logra cerrar. Alrededor de esa herida gira la infancia entera del niño: la abuela que le ordena rezar y agradecer, el fetichista Balla —cazador, liberto, cafre y maestro en brujerías y palabras— que será su verdadera escuela, y una genealogía de conjuros, ablaciones y venganzas que explica, según el pueblo, por qué la carne no sana. Cuando la madre muere y el niño carga con la certeza de haberla ofendido, se sabe maldito y sale al camino. Un viaje que debía llevarlo hasta una tía refugiada en Liberia lo deposita, en cambio, en el corazón de las guerras tribales que asolaron la región.
Lo que sostiene el libro es el idioma. Birahima escribe con cuatro diccionarios sobre la mesa —dos de francés, uno de particularidades léxicas africanas y otro de pidgin— y se detiene a cada paso para traducir: al blanco le explica lo africano, al africano le explica lo francés, y a todos les explica lo que la guerra dejó sin nombre. Esas glosas, que empiezan siendo cómicas, terminan funcionando como un contador de horrores: cuanto más neutra la definición, más brutal el hecho que envuelve. La ironía no suaviza nada; instala al lector en la incómoda posición de reírse un instante antes de comprender.
Ahmadou Kourouma, uno de los grandes narradores de la literatura africana en lengua francesa, escribió esta novela a petición de unos niños de Yibuti que querían saber qué había pasado en Liberia. El resultado, distinguido con el Premio Renaudot y el Goncourt de los estudiantes en 2000, no es un alegato ni una crónica, sino la voz de un superviviente que se niega a pedir compasión. Frente a la matanza, la fórmula que da título al libro se repite como un estribillo resignado y devastador: si el mundo funciona así, no hay a quién reclamar. Esta edición española, traducida por Daniel Alcoba, apareció en la colección Modernos y Clásicos de Muchnik Editores en 2001.
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