Una noche de huida por un bosque milenario termina con una madre ahorcada y una niña de ojos ámbar sola en la espesura. Con un colgante negro en forma de lágrima como única herencia, Kendra debe aprender a sobrevivir mientras entiende por…
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Una noche de huida por un bosque milenario termina con una madre ahorcada y una niña de ojos ámbar sola en la espesura. Con un colgante negro en forma de lágrima como única herencia, Kendra debe aprender a sobrevivir mientras entiende por qué el don de su madre despertó tanto miedo. Novela de fantasía en dos partes, cuarenta y tres capítulos y un epílogo.
«Al otro lado de las llamas» arranca con una imagen que marca el tono de toda la novela: un bosque antiguo, silencioso como si contuviera el aliento, y dos siluetas que lo cruzan a la carrera. Una mujer de melena negra tira de la mano de su hija pequeña; detrás, cada vez más cerca, se oyen ladridos, gritos y el resplandor de las antorchas. Junto a un riachuelo, la madre toma la única decisión posible: empuja a la niña corriente abajo y se queda atrás.
Cuando Kendra regresa sobre sus pasos, encuentra un claro perfectamente circular de tierra calcinada, una docena de cadáveres irreconocibles y, siguiendo el rastro de pisadas, el cuerpo de su madre colgando de un árbol. Lo que la niña recoge del suelo —un colgante de piedra pulida en forma de lágrima— será, a partir de ese momento, todo lo que le queda de su vida anterior.
La novela reconstruye, en un ir y venir entre el presente y la memoria, cómo se llegó hasta ahí. Kendra recuerda una casa en la ladera de una colina, las excursiones a recoger arceno y muscarela, las manzanas compartidas en el prado. Su madre era sanadora: cosía heridas, colocaba huesos, preparaba jarabes y ungüentos, y era querida por todo el pueblo. Pero también hacía otra cosa —a puerta cerrada, con palabras que sonaban como piedra rascando contra piedra— de la que estaba prohibido hablar. Un incendio, un pueblo entero muerto con sangre fresca en los ojos y en los oídos, y una multitud que decide que la única superviviente tiene que ser la culpable: así empieza una persecución que dura semanas y que se cobra su precio, porque cada palabra susurrada deja después un dolor de cabeza que impide susurrar la siguiente.
El relato se instala entonces en el aprendizaje más elemental. Una niña bajo las raíces desenterradas de un árbol gigante, contando raíces amargas y nueces amargas, midiendo la comida, buscando dónde dormir antes de que se alarguen las sombras. Llega la lluvia, llega la fiebre, y llega también un rayo que parte un tronco y le regala un fuego que hay que proteger con el cuerpo, soplando sobre una brasa moribunda. La autora dedica a esos gestos mínimos —secar piedras, cascar nueces, reconocer una seta— la misma atención que a los momentos de horror, y de ese contraste nace buena parte de la fuerza del libro.
Estructurada en dos partes, cuarenta y tres capítulos y un epílogo, la obra combina la novela de supervivencia con la fantasía de aprendizaje: el duelo de una huérfana, la herencia de un poder que no comprende y el peso de una sospecha heredada. Al fondo late siempre la misma pregunta que Kendra se hace bajo el árbol, esperando una voz que no llega: por qué alguien querría hacer daño a una mujer que solo curaba.