Bárbara despierta a oscuras, dolorida y encerrada en un ataúd, sin recordar cómo llegó allí. Cuando por fin logra levantar la tapa, descubre que el mundo que dejó atrás ya no existe: el cementerio de Sheol está tomado por la niebla, una…
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Bárbara despierta a oscuras, dolorida y encerrada en un ataúd, sin recordar cómo llegó allí. Cuando por fin logra levantar la tapa, descubre que el mundo que dejó atrás ya no existe: el cementerio de Sheol está tomado por la niebla, una fosa común a medio cubrir y criaturas que antes fueron personas. Primer tomo de «Al otro lado de la vida», esta novela de terror sigue a una superviviente que solo cuenta con su instinto, unas zapatillas robadas a una muerta y la certeza de que ningún refugio dura demasiado.
Todo empieza con una bocanada de aire y un golpe en la frente. Bárbara vuelve en sí tumbada sobre un acolchado, en una oscuridad sin fisuras, y tarda unos minutos angustiosos en entender la forma exacta del lugar que la contiene: una caja hecha a la medida de su cuerpo. Convencida de que la han enterrado viva, golpea la tapa hasta destrozarse los nudillos, hasta que un hilo de luz en una esquina le devuelve algo parecido a la esperanza. Lo que encuentra al salir, sin embargo, no es un rescate: es el cementerio viejo de su ciudad natal, cubierto por una niebla espesa, con las lápidas asomando entre los cipreses y una excavadora detenida junto a una fosa común a medio tapar donde algo todavía se mueve.
A partir de ahí, la novela se ordena como una huida a ras de suelo. Bárbara camina descalza hasta que encuentra unos pies de su talla; cambia su camiseta rota por la de una desconocida que podría haber sido ella misma; aprende a medir cada paso, cada respiración, cada sombra que la niebla insinúa. Un chico con el pecho teñido de rojo la persigue hasta el portón de entrada; una mano surgida de la tierra le sujeta el tobillo con una fuerza que ningún cuerpo muerto debería tener. Nada de eso se cuenta como hazaña: se cuenta como cansancio, como náusea, como el cálculo de quien ya sabe que la noche los vuelve más rápidos y que hay más de ellos de los que se ven.
Las afueras de la ciudad completan el retrato del desastre. Coches desvalijados, cristales tapizando el asfalto, un periódico de hace dos semanas con un titular que lo resume todo, portales atrincherados con muebles y carros de la compra, y un cartel de vacunación gratuita firmado por una compañía farmacéutica que Bárbara arranca con desprecio antes de seguir caminando. Entre la niebla cree ver también lo que no debería estar allí: una niña en bicicleta, un vestido rosa, una imagen demasiado nítida para descartarla del todo.
Escrita en escenas breves y fechadas, con localización precisa y avance casi cronométrico, esta primera entrega funciona como novela de supervivencia y como retrato íntimo de una mujer que se reconoce apenas en el reflejo sucio de un escaparate. El terror aquí no depende del sobresalto, sino de la lógica implacable de un mundo donde todo lugar seguro es provisional, todo alimento es de todos y toda victoria dura lo que tarda en caer el sol. Cuando Bárbara empuja por fin la puerta abierta de un sexto piso demasiado ordenado, el lector ya sospecha que la calma también es una forma de amenaza.
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