Martín Florida Unzué, escritor de cuentos infantiles recién cumplidos los cuarenta, se tiende en el diván de una clínica madrileña dispuesto a viajar hacia atrás en el tiempo.
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Martín Florida Unzué, escritor de cuentos infantiles recién cumplidos los cuarenta, se tiende en el diván de una clínica madrileña dispuesto a viajar hacia atrás en el tiempo. Lo guía Francesca Sants, una psicóloga vestida siempre de blanco que trabaja al margen de lo que aceptan sus colegas. Martín busca a las mujeres que amó en otras vidas, pero por debajo de esa pesquisa sentimental late otra herida: la de un abuelo psiquiatra que murió encerrado, acusado de locura, y que le dejó en herencia un tratado sobre la regresión hipnótica que nadie más ha leído.
Hay una cuenta atrás, una voz serena y un hombre que finge no tener miedo. Martín Florida bromea consigo mismo —se pregunta cuánto carburante necesita un vuelo hacia el pasado remoto— mientras Francesca Sants le explica que hablará con su subconsciente a través de los dedos: la mano derecha dirá sí, la izquierda dirá no. Fuera, Madrid es lluvia, bufandas y prisa a finales de invierno. Dentro de la consulta, Martín empieza a ver un feto flotando en una nube líquida y oscura, y a preguntarse cuántos yoes caben en un mismo hombre: el que mira, el que es mirado y el que sigue tumbado en el sillón, atento a todo.
Esta novela de Santiago Ángel García sigue a un escritor de cuentos para niños —“la voz que habla al alma de los niños”, según el envoltorio editorial— que ha decidido usar la hipnosis como quien alquila una máquina del tiempo. Su encargo es sentimental y algo insensato: quiere encontrar a las mujeres que amó en existencias anteriores, entender por qué atrae a sus parejas sin llegar a retenerlas, saber si el amor eterno es algo más que una superstición de consuelo. Su amigo Eduardo Demichelis, oncólogo de prestigio, escéptico profesional y aficionado a los chistes malos y al golf, le da el teléfono de Francesca a cambio de que Martín escriba sobre los recortes de su hospital, y le advierte lo que ya sabe: quien juega con fuego se quema.
Porque detrás de la búsqueda amorosa hay una deuda más antigua. Rogelio Unzué, abuelo de Martín, médico y psiquiatra, le enseñó de adolescente a hipnotizarse para sobrellevar el asma y las alergias, y a discutir de madrugada sobre la mente, el cerebro y la conciencia. Años después acabó en un psiquiátrico como enfermo 111, aislado, agresivo por momentos, convencido de que un sacerdote inquisidor lo perseguía y de que sus investigaciones cambiarían la psicología, la psiquiatría y la neurología. En su herencia dejó un Tratado de la Regresión Hipnótica con una condición: que su nieto no lo abriera hasta cumplir los cuarenta. Martín acaba de cumplirlos, ya lo ha leído varias veces y no termina de creérselo. Tampoco de descartarlo.
El libro avanza alternando la sesión de hipnosis con el mundo cotidiano que la rodea: los desayunos semanales con mamá Clara, deslenguada y encantadora; las visitas al gestor; el deporte privado de escuchar conversaciones ajenas en el parque; el eco de un desamor reciente y el enigma de una mujer casada que sigue instalada en su cabeza. Sobre todo, el reloj de arena que el abuelo le regaló y la idea que le dejó en préstamo: que nuestra única certeza es el tiempo que tenemos, y que nadie nos dice cuánto.
Al otro lado de la puerta se lee como una novela de indagación íntima disfrazada de aventura mental. No pide al lector que crea en la reencarnación; le propone algo más incómodo y más interesante: preguntarse dónde termina la memoria y empieza la invención, quién decide qué es delirio y qué descubrimiento, y qué precio paga alguien dispuesto a abrir una puerta sin saber si podrá cerrarla.
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