Un ensayo sobre la convivencia entre dos especies muy visuales y muy sociales que, sin embargo, no hablan el mismo idioma. Desde la etología y años de consulta con perros agresivos, la autora sostiene una idea sencilla y exigente: buena…
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Un ensayo sobre la convivencia entre dos especies muy visuales y muy sociales que, sin embargo, no hablan el mismo idioma. Desde la etología y años de consulta con perros agresivos, la autora sostiene una idea sencilla y exigente: buena parte de lo que llamamos «problemas de conducta» empieza en el extremo humano de la correa. Un libro sobre perros que es, sobre todo, un libro sobre nosotros.
El libro se abre con una escena que funciona como declaración de principios: dos perros sueltos entrando y saliendo de los carriles de una autopista al atardecer, un grupo de desconocidos detenidos en el arcén y ninguna posibilidad de hacerse oír por encima del tráfico. Lo único que queda es el cuerpo. Palmas extendidas para decir «detente», un torso que se inclina y se gira de lado para decir «ven». Los perros obedecen a esa coreografía muda y sobreviven. De ahí parte la tesis que recorre las páginas siguientes: los perros leen nuestros movimientos con una precisión que nosotros ni siquiera sospechamos, y damos por sentado que cada gesto significa algo, aunque casi nunca sepamos qué estamos diciendo.
La autora escribe desde una posición doble. Es bióloga y doctora, y su investigación consistió en analizar los sonidos que emplean los adiestradores de distintas culturas para dirigirse a los animales, es decir, en estudiar a nuestra propia especie con la misma frialdad con que otros estudian el canto de un ave. Pero también es criadora de border collies, competidora en concursos de perros pastores, dueña de una pequeña granja de ovejas en Wisconsin y terapeuta del comportamiento animal, a quien acuden dueños desesperados cuando ya no queda nadie más a quien acudir. Esa mezcla explica el tono del libro: rigor comparativo sin solemnidad, anécdotas de consulta que van de lo cómico a lo desgarrador, y una insistencia constante en observar antes de interpretar.
El argumento central es de simetría. Somos primates: nos saludamos de frente, extendemos las manos, buscamos el contacto cara a cara, abrazamos lo que queremos, repetimos palabras cuando nos ponemos nerviosos y alzamos la voz cuando algo no sale. Los perros son cánidos: se comunican sobre todo por postura, mirada y desplazamiento del peso, y suelen leer un abrazo como una amenaza. Nadie llega a la relación con la pizarra en blanco; cada uno arrastra su propia herencia evolutiva, y en la traducción entre ambas se pierde más de lo que imaginamos. El texto aborda también la vieja discusión sobre cuánto hay de lobo en el perro, y opta por la respuesta menos cómoda: mirar a la vez lo que comparten y lo que los separa.
De esa tesis se derivan consecuencias prácticas muy concretas —girarse en lugar de perseguir, evitar la mirada fija con un animal tenso, medir un centímetro de inclinación hacia delante—, pero el libro no se ofrece como manual de trucos. Su propuesta es un cambio de foco: dejar de vigilar únicamente al perro y empezar a advertir qué hace el propio cuerpo mientras lo hace. Hay algo de humildad en la conclusión, y también de afecto por ambas especies: cuanto más se quiere a un perro, más necesario resulta entender a los humanos.
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