Una anciana andaluza reconstruye, entre panes y cartas escondidas, el amor de infancia que marcó su vida antes de la guerra.
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Una anciana andaluza reconstruye, entre panes y cartas escondidas, el amor de infancia que marcó su vida antes de la guerra.
En un cortijo del sur de España, dos primas hurgan en el diario de recetas del abuelo Antonio y encuentran, envuelto en un pañuelo amarillento y atado con cordel de saco, un fajo de cartas dirigidas a su tía Paca. La firma un tal José del que nadie ha hablado nunca. Pero Francisca González —Paca, la nieta del panadero, noventa años y dos trenzas blancas recogidas en moño— sabía perfectamente que esas cartas estaban ahí, y sabía lo que decían.
De ese hallazgo arranca un viaje hacia atrás, al Fanguito de los años treinta: un pueblo de tierra colorada, casas encaladas y tejados a cuatro aguas, atravesado por el río Almendaris y flanqueado por una rambla que la abuela Segunda llamaba «la otra mitad con mal de ojo». Allí, con doce años, unos pantalones que ninguna otra niña llevaba y una pelota de trapo mal lanzada, Paca conoció a José: el hijo de don Francisco y doña Adela, señorito de pantalones almidonados, criado en la casona de la plaza Mayor. Entre ambos se abría una distancia que el pueblo medía sin disimulo —el apellido que Paca lleva no es el de su padre, y doña Adela lo pregunta en la mesa sin bajar la voz—, pero también una complicidad inmediata, sostenida por Juana, la hermana pequeña de ojos vivarachos que decidió por su cuenta que serían amigas.
La novela avanza por acumulación de vida cotidiana: el peinado semanal de la tata, el olor a leña del horno, los bizcochos que el abuelo bautizó «cristinitas», las mujeres del lavadero desgranando chismes a las seis de la mañana, la señorita Erminia enseñando a sumar cantando, la matanza colgada en la cámara para sobrevivir el año. Es la memoria de una infancia pobre contada sin lástima, con humor y con un ojo atento al detalle —el aceite de oliva pasado por las trenzas para darles brillo, la muñeca Marisela a la que le falta una pupila.
Y al fondo, sin necesidad de subrayado, el tiempo que se acerca: 1933 y el primer voto de una madre, los rumores sobre quién es rojo en el pueblo, y una carta fechada en octubre de 1936 que abre el libro hablando de batallas y de una muchacha bajo la lluvia con un periódico por paraguas. Entre lo que Paca cuenta y lo que las cartas revelan queda el espacio de una historia que la propia narradora ha guardado casi un siglo. «El amor es como el pan, huele desde que se está cociendo», dice. También, como el pan, necesita su tiempo.
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