Retrato coral de Los Ángeles construido con testimonios cruzados. Arranca en el asiento de un autocar turístico de los años setenta, cuando el mito de Hollywood convive con la intemperie de sus aceras, y enseguida se interna en la saga de…
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Retrato coral de Los Ángeles construido con testimonios cruzados. Arranca en el asiento de un autocar turístico de los años setenta, cuando el mito de Hollywood convive con la intemperie de sus aceras, y enseguida se interna en la saga de los Doheny: el petróleo, los negocios en México, las mansiones de piedra y los silencios domésticos. La ciudad se cuenta a través de quienes la condujeron, la sirvieron, la levantaron o la heredaron.
La obra propone una forma poco habitual de narrar una ciudad: en lugar de un narrador único, avanza como un montaje de voces que se turnan, se completan y a veces se desmienten. Chóferes, herederos, historiadores, vecinos, hijos y nietos de las grandes familias hablan en primera persona, y de ese roce entre versiones va emergiendo un relato que ninguna de ellas controla del todo.
El prólogo funciona como declaración de intenciones. Un joven conductor de autocares recorre en los años setenta las rutas obligatorias —Beverly Hills, los estudios, el teatro chino— con pasajeros que solo tienen ojos para las huellas de las estrellas y no ven la calle que pisan: fugados de casa, adictos, la resaca de una década que acabó mal. Esa distancia entre el paraíso preconcebido y lo que ocurre delante de las narices del turista instala el tema que atraviesa el libro: Los Ángeles como lugar donde el mito y su reverso comparten la misma acera.
De ahí, el relato salta a la primera gran familia. Edward L. Doheny, del que apenas se sabe nada hasta pasados los cuarenta años, pasa de vagar por el Oeste a fundar la industria petrolera de la ciudad y a controlar un dominio propio en México a base de audacia, sobornos y amistades presidenciales, hasta acumular una fortuna que lo convierte en el hombre más rico del país. El ascenso se cuenta sin sacarle brillo: el feudo con reglas de segregación, el ejército privado, los rencores que dejó al sur de la frontera, y después el escándalo que arrastra a un presidente, vacía las arcas familiares y lo deja arruinado.
En paralelo corre la historia íntima, más difícil de fijar. La primera esposa abandonada y su muerte, contada con una crudeza que las biografías oficiales prefirieron llamar trastorno; un hijo que crece con esa herida; una segunda esposa que llega desde una centralita telefónica a encargar pianos y salones traídos piedra a piedra. Un bisnieto reclama al hombre frente a la caricatura que heredaron los libros y el cine, y su reproche —la falta de compasión de la historia— queda ahí, sin resolver, junto a los testimonios que lo contradicen.
La casa acaba siendo un personaje más. Greystone, regalo de padre a hijo, mansión inglesa fuera de sitio en Beverly Hills, se describe entre lo palaciego y lo funerario: manantiales excavados en cuevas, pasillos donde los niños se asustaban unos a otros, una bolera, una casa de muñecas a escala. Alrededor, la matriarca que llamaba a sus hijos con distinto número de campanillazos, el hijo que se fugó de la academia militar, la hija que lucía esmeraldas sobre el traje de baño. La escritura no juzga: acumula, deja hablar y confía en que el lector note lo que cuesta sostener tanta magnificencia.
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