Todo el mundo conoce el cuento de la princesa de piel blanca como la nieve; casi nadie sabe que hubo una segunda hija en aquel castillo. «Al diablo la realeza: ¡Yo no soy Blancanieves!» le cede la palabra a Agatha, hija de sangre de la…
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Todo el mundo conoce el cuento de la princesa de piel blanca como la nieve; casi nadie sabe que hubo una segunda hija en aquel castillo. «Al diablo la realeza: ¡Yo no soy Blancanieves!» le cede la palabra a Agatha, hija de sangre de la reina Grimhilde, rechazada desde el instante mismo de su nacimiento por el delito de no ser varón. Criada en un cuarto pequeño de la torre, entre una partera anciana, una doncella incurablemente optimista y una hermana mayor que baja cada noche a darle el beso de las buenas noches, Agatha crece al margen de la historia oficial. Esta no es una fábula con moraleja ni un romance de castillo: es un relato de abandono, rebeldía y supervivencia contado con humor ácido por quien fue borrada de él.
En el reino de Lorh, la reina Grimhilde ha construido su poder sobre una belleza que pintores y poetas celebran y que ella misma administra como un patrimonio. Cuando el rey Enrique, viudo y padre de una primera hija, la elige como esposa, el pueblo cree ver el comienzo de una era luminosa. La ilusión dura poco: bajo la sonrisa angelical asoma una crueldad meticulosa que primero alcanza a las doncellas, después a las damas de compañía y finalmente al propio rey, que se refugia en la bebida y luego en una guerra de la que no regresa.
El embarazo de Grimhilde no ablanda nada. Odia el cuerpo que cambia, odia la espera, odia a quien la obliga a esperar. Y cuando por fin nace la criatura, sana y fuerte, la reina apenas la mira antes de dictar su veredicto: una niña, es decir, una decepción; una moneda de cambio, no una hija. La partera Carlota, con más de treinta años de oficio y la certeza de haberlo visto todo, descubre esa mañana que le faltaba ver esto. Se lleva a la recién nacida lejos del ala real y le encuentra refugio en su propia habitación de la torre, junto a una doncella joven, Agi, que cree con obstinación que ninguna persona es del todo mala y que una madre siempre vuelve.
Mientras el palacio se llena de rumores —que la niña nació muerta, que nació deforme, que la reina la arrojó desde el balcón—, la verdad transcurre en un cuarto con una ventana, una chimenea y una mecedora. Allí se organizan las noches en vela, se olvida y se recuerda la hora de la nodriza, y una hermana mayor de cinco años pregunta cuánto falta para que la bebé tenga dientes y puedan tomar el té juntas en el jardín. Ese es el único territorio afectivo que le queda a la segunda princesa, y es también el que la reina puede invadir cuando se le antoje: una noche cruza la puerta sin aviso, no por ternura, sino por una molestia física que su médico le recomendó aliviar.
Agatha narra su propia historia desde el otro lado del cuento célebre, con una voz que alterna el sarcasmo, la ironía hacia la princesa amada por todos y una lucidez incómoda sobre el lugar que el reino le asigna a las hijas que no sirven para heredar. La novela desmonta la estructura del cuento de hadas —la madrastra, la torre, el espejo, el «vivieron felices para siempre»— y la reconstruye desde la perspectiva de quien nunca tuvo derecho a una escena propia. En el camino, dibuja también a las mujeres que sostienen lo que la corona desecha: la partera que carga con lo que ha visto, la criada que insiste en la bondad del mundo, la hermana que no obedece la lógica de la sangre.
Dirigida a lectoras y lectores juveniles pero atenta a las asperezas que el género suele suavizar, la obra combina el pulso del romance y la reescritura de cuentos con una pregunta que la atraviesa entera: qué se hace con una vida a la que nadie le ha reservado un final feliz.
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