Verano de 1814, bahía de Chesapeake. Theodora Lovelace se ha embarcado disfrazada de grumete para desertar de un navío de guerra británico y alcanzar la costa de Virginia, pero el intento fracasa y su secreto queda al descubierto ante un…
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Verano de 1814, bahía de Chesapeake. Theodora Lovelace se ha embarcado disfrazada de grumete para desertar de un navío de guerra británico y alcanzar la costa de Virginia, pero el intento fracasa y su secreto queda al descubierto ante un capitán que convierte la vida de su hermano en moneda de cambio. Obligada a espiar para el enemigo bajo la identidad de una sobrina recién llegada, Teddie entra en un mundo de plantaciones, oficiales y salones donde cada conversación puede costarle todo. Allí se cruza con un hombre marcado por una guerra anterior, tan reacio a explicarse como ella a confesar. Una novela histórica de tensión romántica sobre la libertad que se paga con lealtad y sobre los secretos que dos personas heridas se atreven —o no— a compartir.
La historia arranca en una noche sin luna de julio de 1814, frente a las costas de Tidewater, Virginia, cuando tres figuras se descuelgan por la popa de un navío británico anclado en la bahía de Chesapeake. Una de ellas es Theodora Lovelace, que lleva meses viviendo entre la tripulación bajo el aspecto de un muchacho: manos encallecidas por las cuerdas, brazos curtidos por el sol, el cabello recogido con una cinta. Junto a ella nadan su hermano mayor Will —un hombre de veintidós años con el ánimo asustadizo de un niño— y Aarón, un grumete de dieciséis al que Will ha tomado bajo su protección. Detrás quedan una librería londinense llena de corrientes de aire, un padre muerto de neumonía y la promesa de una vida nueva al otro lado del agua.
La fuga se rompe a mitad de camino. Un grito, un silbato, y la costa que olía a tierra fértil se convierte en una hilera de faroles y bayonetas. Teddie, que podía haber escapado amparada por la oscuridad, elige volver al círculo de luz antes que salvarse sola. Lo que sigue es una lección deliberada de crueldad a manos del contralmirante Jeremiah Cockburn, un hombre de rostro infantil y métodos calculados que ha hecho de la humillación un instrumento de mando. En su camarote, al descubrir que el desertor es una mujer, Cockburn cambia la horca por algo más útil: un trato. Teddie viajará a Virginia como sobrina de una tía a la que nunca ha visto, casada con un capitán de la Armada americana, y le enviará información sobre las maniobras navales enemigas. Mientras ella cumpla, Will seguirá respirando en la bodega. Si habla, no lo hará.
Así llega Teddie a la orilla con un atado de ropa robada a un bandolero, un vestido de un naranja imposible y una identidad prestada. En la plantación Miramer, en el Tidewater de agosto de 1814, el mundo tiene otro color: salones donde oficiales jóvenes trazan estrategias que no cambiarán nada, apuestas, carreras de caballos, patriotismo recién estrenado. En esa casa vive Miles Winchester, treinta y cinco años y una reputación de arrogante, hosco y probablemente algo trastornado, que sube las escaleras de dos en dos para no saludar a los invitados de su primo Damián. Nadie sabe qué le ocurrió realmente en el puerto de Trípoli ocho años atrás, cuando su padre murió a su lado; Miles ha dejado correr los rumores porque son preferibles a la verdad, y bebe para no dormir, porque dormir es volver allí.
Dos personas que mienten por razones distintas terminan midiéndose en la misma casa. Él, capaz de acorralarla contra una pared y preguntarle de qué tiene miedo. Ella, incapaz de responder con sinceridad sin condenar a su hermano. Entre el brandy y el amanecer se abre la posibilidad de un intercambio de secretos que ninguno de los dos puede permitirse, mientras la guerra avanza sobre la bahía y el plazo de Cockburn corre.
La novela sostiene su tensión en un dilema sin salida limpia: la libertad que Teddie cruzó un océano para conquistar solo puede comprarse traicionando el país que la representa, y el precio de la lealtad —a un hermano, a un padre muerto, a una idea— nunca es el que se anunció. En el fondo late una pregunta que el propio Cockburn formula sin saber cuánto durará: qué teme una persona más que a la muerte.
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