Una noche de niebla en Boston, un hombre sube seis pisos de un edificio de Hannover Street sabiendo que arriba lo espera un tribunal sin jueces: el jefe de la banda a la que sirve y cinco hombres convencidos de que ha hablado con la…
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Una noche de niebla en Boston, un hombre sube seis pisos de un edificio de Hannover Street sabiendo que arriba lo espera un tribunal sin jueces: el jefe de la banda a la que sirve y cinco hombres convencidos de que ha hablado con la Policía. De ese interrogatorio nace una huida a tiros por la general de Nueva York y un secreto que va mucho más allá del contrabando de cocaína. Novela negra breve, de ritmo seco y atmósfera de cine criminal clásico.
Todo empieza con una calle vacía, el asfalto brillante de niebla y unos pasos que procuran no sonar. Joe Duncan entra en el número 588 de Hannover Street, sube a pie hasta el sexto piso y llama a una puerta detrás de la cual se oyen voces airadas. Sabe para qué lo han llamado. Semanas atrás la Policía lo detuvo, lo interrogó y lo soltó, y en la organización nadie cree que un hombre salga limpio de un sótano de comisaría sin haber pagado el billete con información.
Al otro lado del pasillo lo esperan Thomas Rocky, jefe de la banda, y cinco hombres que no han venido a escuchar explicaciones. Duncan alega que la cocaína que consumía le arrancó palabras que él no habría dicho jamás, y que los golpes no le sacaron ni un secreto; sus verdugones son su única coartada. La respuesta es un puño, después una bofetada tras otra, y el cordón de seda rojo con que Jimmy Parks, el lugarteniente, juega mientras espera permiso para cerrarlo del todo. Ese permiso no llega: por razones que nadie del grupo entiende, Rocky quiere vivo al presunto traidor.
La deliberación se rompe cuando la vigilancia policial se hace visible bajo el balcón. La banda abandona el piso por la escalera de incendios y sale del garaje en tres coches. Una ráfaga acierta al conductor del Lincoln, un vehículo arde contra una fachada y comienza una persecución de casi una hora entre sirenas, motocicletas y ametralladoras, con la aguja del combustible cayendo y un surtidor de carretera como única esperanza. Al final del camino, más allá de un bosque de pinabetes, aguarda un caserón de madera vetusto que la banda usa como refugio y estación telegráfica clandestina.
En el interrogatorio ha quedado dicho algo que reordena toda la novela: el tráfico de droga era una pantalla. Detrás hay sabotajes a centrales eléctricas, fábricas de armas y comunicaciones, visitantes que hablan inglés con acento extranjero y dinero que llega a cambio de una nueva operación en el Niágara. Duncan, atado junto al fuego, aflojando los nudos a la espalda mientras un centinela pelea contra el sueño, comprende que su valor para Rocky no está en lo que sabe, sino en lo que el jefe teme perder: Margarett Slade, la artista de un club nocturno de Boston que un día pidió que pagaran su fianza y cuya sombra pesa sobre cada decisión que se toma en esa habitación.
Escrita con la eficacia del relato criminal de quiosco —frases cortas, diálogo cortante, capítulos que terminan en cuesta abajo—, la obra combina el retrato de una banda que se devora por dentro con una intriga de espionaje y sabotaje, y sostiene la tensión sobre una pregunta que ninguno de sus personajes puede responder con certeza: quién está engañando a quién.