En una aldea encajada en un bosque perpetuamente húmedo y sin sol, Akuario lee a escondidas en un pajar porque a las mujeres les está prohibido hacerlo.
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En una aldea encajada en un bosque perpetuamente húmedo y sin sol, Akuario lee a escondidas en un pajar porque a las mujeres les está prohibido hacerlo. Mientras una epidemia sin nombre vacía las casas y consume a su padre, el carpintero Bogo —que calló su enfermedad por consejo de su tía—, los animales del bosque se reúnen de noche para decidir si intervienen. La votación recae en Wein, un felino tullido por la crueldad humana y único amigo de la muchacha, a quien encomiendan un viaje hasta la fuente para hablar con Kafar. Una fábula sombría sobre el silencio, la culpa y los libros como única salida.
Akuario tiene dieciocho años y el cuerpo todavía de niña, unos ojos que lo escudriñan todo y una capa negra que se niega a cambiar. Cada tarde se escapa a un pajar de las afueras para hacer lo único que le está vedado: leer. Olfatea las páginas, escucha el sonido del papel al girar y se deja ir lejos, porque en su aldea las mujeres solo pueden leer lo poco que se les permite en la escuela. Después entierra el libro bajo la paja y regresa por senderos de lodo y flores rojas hasta un puñado de casas grises, iguales entre sí, con las ventanas pintadas de distintos colores y una cruz que las domina a todas.
Ese bosque de robles, sauces y zarzas apenas tolera a quienes lo habitan. El cielo es gris, la lluvia constante, y desde hace meses una enfermedad extraña recorre las casas y las va dejando vacías. En una de ellas, el Señor Bogo bebe café caliente y se mira las manchas rojas de la cara. El médico ya le dijo que no hay cura; su tía, mucho antes, le dijo que no contara nada a nadie. Él obedeció, como obedece siempre, por miedo, por cansancio o por esa necesidad de cariño que la mujer supo administrarle. Ahora, con los primeros muertos ya enterrados, intenta convencerse de que su sinceridad no habría cambiado nada, aunque en las noches en vela sospecha lo contrario. Solo la mirada de Akuario le sostiene, y esa mirada se le ha vuelto esquiva desde el día en que se atrevió a confesarle lo que siente.
Mientras tanto, bajo las mismas copas de árboles, los animales celebran su asamblea nocturna. Lula, la lechuza que entra en las casas humanas porque muchos la creen señal de buena suerte, intenta ordenar una discusión que se pudre entre reproches. Tara, el águila, sostiene que los aldeanos merecen lo que les ocurre y arde por dentro cuando nadie propone su nombre. Mikada, el zorro, apela a la conciencia; Romi, el ciervo, sugiere con timidez al ausente. Por mayoría deciden dos cosas: que hay que ir a la fuente a molestar a Kafar y que sea Wein quien lo haga.
Wein es un felino sabio, respetado por todos, capaz de resolver cualquier enigma salvo el de la epidemia. Camina sobre dos patas, apoyado en un bastón, con el vientre cruzado de cicatrices que le dejaron una jaula, un viaje y unas carcajadas al otro lado de una puerta. Aprendió así que la crueldad existe, aunque prefiere no averiguar si es la norma. Es el único animal que ha hablado alguna vez con Kafar y el único que conversa con un ser humano: Akuario, la muchacha que también descifra acertijos y a la que le une una amistad nacida del puro azar.
Esta primera parte teje esas tres soledades —la lectora clandestina, el hombre que calló y el gato que ya no corre— alrededor de un mal que nadie sabe nombrar, y las empuja hacia un mismo camino: el de la fuente, el de la verdad dicha demasiado tarde y el de una comunidad que tendrá que decidir cuánto se debe a sí misma. Una novela de atmósfera densa y ritmo pausado, escrita con la lógica de la fábula y la mirada de quien sabe que el silencio también contagia.