Un empresario chileno de setenta y seis años despierta con la sensación de que algo se ha desordenado en el mundo, cumple su rutina impecable y sufre, esa misma mañana, un ataque cerebral en su oficina.
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Un empresario chileno de setenta y seis años despierta con la sensación de que algo se ha desordenado en el mundo, cumple su rutina impecable y sufre, esa misma mañana, un ataque cerebral en su oficina. A partir de ese instante la novela abandona al hombre para observar lo que su caída revela: una familia, una empresa y un país que empiezan a acomodarse a su ausencia. Intercalada, la voz de un escritor envejecido confiesa las dudas de estar componiendo justamente este relato.
La obra abre en la oscuridad de un dormitorio, con un cuerpo bajo las sábanas descrito como una geografía cambiante. Es Luis Emilio Gordella, setenta y seis años, presidente de una confederación empresarial, a quien un desvelo sin causa aparente le desmonta la certeza de las cosas. No hay acontecimiento todavía: hay una intuición de desorden, una culpa que no logra nombrar, el presentimiento de otra realidad imponiéndose sobre la suya.
El amanecer devuelve el mundo a su sitio y el hombre lo recompone acto por acto: la gimnasia en la terraza vacía, la afeitada meticulosa, la ducha que termina en agua helada, la elección demorada del traje frente al espejo, el té y las tostadas sin orillas mirando los bonsáis del jardín. La narración se detiene en esa liturgia con una atención casi forense, porque en ella se cifra el personaje: un orden defendido a diario contra lo que no se controla. La agenda que le prepara su secretaria —reuniones gremiales, conferencia de prensa, almuerzo con subsecretarios, una recepción en la embajada— llega salpicada de comentarios personales que él tolera sin gracia, y traza de paso el mapa social en que se mueve: un Chile de dictadura y negocios, de clubes y parentescos, donde todo se conversa.
En su oficina del piso veintidós, mientras revisa carpetas buscando erratas ajenas, la sala se inclina. El ataque llega en dos oleadas, la segunda definitiva: la taza se derrama, el cuerpo queda rígido en el sillón, los ojos fijos en la puerta. Desde ahí el libro cambia de sujeto. Lo que sigue es el eco: la conmoción que recorre el edificio y ese alivio que nadie confiesa ante la caída del símbolo de la disciplina; los gerentes que ya calculan; la secretaria que transgrede una prohibición de treinta años para abrir la puerta y después, sola, limpia la mancha del asiento; el hijo que sube cuatro pisos por la escalera y no se atreve a entrar, y que quedará atrapado por una única imagen —el pelo peinado, un trozo de frente, la sábana.
La clínica reúne al resto: las hermanas ancianas del enfermo, el cuñado exsenador que agradece en secreto el gentío, la nuera cuyo llanto irrita, la hija que exige compostura, los colaboradores que narran la mañana una y otra vez, la periodista expulsada del hall. En pocas páginas queda expuesta una comedia social precisa y sin crueldad explícita, donde el duelo convive con la vanidad, el cálculo y las viejas rencillas familiares.
Atravesando esa trama, una voz en primera persona interrumpe: un escritor retirado que trabaja frente al mar, que le prometió a su editor doscientas páginas que no existen, que desconfía de su comienzo y no sabe si puede cambiarlo. Sus divagaciones sobre el tiempo perdido, la utilidad y la inutilidad de escribir, y sobre cómo los Gordella se le cuelan en todo lo que redacta, instalan la sospecha de que la familia y el hombre derribado son también materia de una fabricación en curso. El resultado es una novela de tono contenido y observación minuciosa, donde la enfermedad de un patriarca funciona como revelador: de una clase, de un país y del propio acto de contarlos.