Una noche de huracán en la costa de Antigua, el rey de los silfos encuentra una cesta con una recién nacida entre los restos del naufragio y decide protegerla sin llevársela: le deja tres plumas y un nombre oxidado en el hierro de un ancla.
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Una noche de huracán en la costa de Antigua, el rey de los silfos encuentra una cesta con una recién nacida entre los restos del naufragio y decide protegerla sin llevársela: le deja tres plumas y un nombre oxidado en el hierro de un ancla. Diez años después, Ainara sobrevive en el puerto de Falmouth robando fruta y monedas, esquivando soldados británicos y soñando con la vida que le prometió un pirata en una taberna. Primera entrega de una aventura caribeña donde la mitología elemental y la piratería del siglo XVIII comparten el mismo mar.
Todo empieza cuando la tormenta ya ha pasado. Paralda, señor del viento y rey de los silfos, desciende hasta una bahía cercana al pueblo de Falmouth, en Antigua, para contemplar de cerca la devastación que él mismo ha provocado. Entre botes volcados, sogas rotas y peces muertos escucha un llanto imposible: una niña de pecho ha sobrevivido dentro de una canasta de mimbre. La aparición de Necksa, regente de los mares, convierte el hallazgo en una discusión antigua entre dos potencias que no terminan de entenderse: ella desprecia a los mortales por frágiles y crueles; él insiste en que hay algo en ellos que merece ser cuidado. La Ley que ambos obedecen les prohíbe intervenir en la vida humana, de modo que Paralda elige el gesto mínimo que sí le está permitido: tres plumas de sus alas sobre el manto, un nombre grabado en el óxido de un ancla y la promesa de velar desde las alturas. Necksa, antes de deshacerse en salmuera, deja además una advertencia: la isla fantasma volverá a emerger cuando pasen ciento treinta lunas y la última se alinee con Juno, y alguien navega ya decidido a arrebatarle su reliquia.
Diez años más tarde, Ainara es la bastarda de Falmouth: falda hecha con jirones de vela, un trapo rojo en la cabeza, tres plumas plateadas atadas al pelo y una reputación de descuidera que la mantiene corriendo delante de los soldados británicos llegados para defender la isla de franceses y piratas. Roba con criterio —conoce qué puesto del mercado tiene la fruta más madura y qué panaderos no saben negarle el pan— y responde con desgana al único techo afectuoso que conoce, el del herrero Jerry Mitchell y su mujer Mary, que la vieron crecer y temen verla acabar en el cepo o en la horca.
Su verdadera brújula, sin embargo, se fijó años antes, cuando tenía siete y fregaba los suelos de una taberna miserable a cambio de un jergón de paja. Aquella tarde entró John Rackham, Calicó Jack, con su chaqueta roja y sus dos pistolas, y pagó diez chelines para librarla de la mano dura de la mesonera. De esa conversación —sobre el miedo, la libertad errabunda y lo que hace falta para sobrevivir cuando no se sabe leer ni escribir— salió una vocación que ninguna reprimenda ha logrado apagar. Desde su risco favorito, Ainara sigue esperando ver aparecer en el horizonte un navío sin banderas.
Matteucci construye un mundo donde el folclore de los espíritus elementales se apoya en la geografía real del Caribe colonial: cañaverales, esclavitud, mercados hediondos, goletas inglesas vigilando la costa. La niña que el viento salvó todavía no sabe que tiene deudas con una deidad ni que una isla dormida cuenta las lunas hasta su regreso.
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