Un hombre recibe por correo, sin remite ni nota, una novela que narra con exactitud humillante los episodios más íntimos de su propia vida. Mientras intenta averiguar quién lo observa, descubre que el libro cuenta también la historia de su…
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Un hombre recibe por correo, sin remite ni nota, una novela que narra con exactitud humillante los episodios más íntimos de su propia vida. Mientras intenta averiguar quién lo observa, descubre que el libro cuenta también la historia de su autor, un hombre que regresó a casa una tarde y encontró a su mujer muerta por su propia mano, sin haber sospechado nada. Un comisario recién jubilado, incapaz de sostener el vacío de su retiro, decide ayudarle a reconstruir quién era realmente aquella mujer.
Es sábado por la tarde y José está solo en la casa que tanto le costó comprar, con un whisky corto en la mano y dos horas por delante antes de que vuelvan su mujer y su hija. Ha llegado por correo un libro a su nombre, sin remite, y lo abre casi por inercia: él no lee novelas, se conforma con los periódicos del fin de semana. Lo que empieza como una lectura ociosa se convierte en una trampa. El narrador se dirige a un lector concreto —a él, a José— y va desgranando su biografía con una precisión que no admite coincidencia: la carrera de Derecho estudiada de apuntes comprados en una copistería, el coche pagado a ocho años, las noches de bares que nunca desembocaban en nada, el matrimonio buscado como refugio cuando ya se sentía al borde del fracaso. El libro sabe cosas que José no ha contado nunca a nadie. Y sabe juzgarlas.
Su primer impulso es acudir a la policía, pero denunciar el acoso exigiría admitir que todo lo que allí se cuenta es cierto, y José no está preparado para esa forma de valentía. Sale de la comisaría casi huyendo, con una única urgencia: volver a casa y seguir leyendo. Porque en esas páginas hay una segunda vida corriendo en paralelo a la suya, la de Fernando, el hombre que firma el libro. Comercial de una farmacéutica, hijo consentido de un pueblo que lo celebraba como «el abogao», casado con una maestra dulce cuyo pasado jamás le interesó averiguar. Dos biografías construidas como un espejo, con las mismas bodas, las mismas suegras vigilantes, los mismos padres modestos diciendo que sí a todo, la misma cobardía sostenida durante décadas.
El motor de la novela, sin embargo, no es el enigma del remitente sino lo que Fernando encontró al llegar una tarde a su casa: el cuerpo de su esposa, que se había quitado la vida sin dejarle una sola señal previa. La pregunta que lo desarma no es por qué lo hizo, sino cómo pudo convivir tantos años con una mujer a la que nunca se molestó en conocer. A esa investigación se suma Alfonso, comisario recién jubilado que teme la soledad más que cualquier caso pendiente y que siente por Fernando una piedad que ni él mismo se explica.
Pérez Collados construye un thriller de estructura envolvente —el libro dentro del libro, el lector leído por quien escribe— para sostener algo que le importa más que la intriga: el momento en que la pregunta que define a un hombre deja de ser qué vas a hacer con tu vida y pasa a ser qué has hecho con ella. Tres hombres de mediana edad ya han oído esa pregunta y ninguno tiene una respuesta honrosa. La novela los sigue mientras esperan lo que esperan todos los caídos: una segunda oportunidad. Narrada con una voz que alterna la crueldad del retrato y una compasión inesperada, es a la vez una intriga sobre una identidad oculta y un examen sin anestesia de la mediocridad conyugal, la vanidad social y el precio de no haber mirado nunca de verdad a quien se tenía al lado.
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