Amanda Salvatore está a punto de asumir la dirección de la casa de moda que sus padres fundaron en Nueva York, y el vértigo de ese ascenso coincide con la llegada de Christopher Brown, el ejecutivo danés que ocupará su antiguo puesto en la…
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Amanda Salvatore está a punto de asumir la dirección de la casa de moda que sus padres fundaron en Nueva York, y el vértigo de ese ascenso coincide con la llegada de Christopher Brown, el ejecutivo danés que ocupará su antiguo puesto en la empresa. Entre juntas de directorio, cafés a media mañana y una familia empeñada en verla enamorada, Amanda descubre que la atracción más inoportuna de su vida se sentará justo enfrente de ella en la sala de conferencias.
Manhattan a las siete y cincuenta de la mañana: tráfico imposible, semáforos que no cambian y una mujer que prefiere caminar antes que discutir con la ciudad. Amanda Salvatore tiene la vida ordenada como una agenda —café con edulcorante, carpetas bajo el brazo, la costumbre de llegar media hora antes a todas las reuniones— y esa precisión es justamente lo que está a punto de romperse. Su padre ha decidido retirarse a Italia y dejarle la dirección de Salvatore Design Enterprise, la firma que él levantó junto a la madre de Amanda, una diseñadora que murió el día en que ella nació. Es el puesto para el que estudió Administración y Diseño; también es el puesto que la aterra.
Alrededor de ella hay un círculo pequeño y muy firme. Sebastián, su hermano mayor, abogado de la empresa y experto en desarmar sus ataques de inseguridad con una mezcla de burla y ternura. Emilia, la mejor amiga que aparece y desaparece de la ciudad sin previo aviso. Frederick, el padre que habla de su primera esposa con un amor intacto y que no ha explicado nunca por qué dejó de hablarle a su hermano Ethan. Y en el archivo de lo que ya no está: Alicia, la madrastra que jamás la quiso, y una relación pasada con un hombre llamado Damián que Amanda archivó junto con la idea de volver a intentarlo.
El día del anuncio empieza con papeles esparcidos por el vestíbulo del edificio y un desconocido que se agacha a recogerlos. Amanda tartamudea, se retira al ascensor y decide olvidarlo. Dos horas después, ese mismo hombre entra a la sala de conferencias pidiendo disculpas por el retraso: es Christopher Brown, veintinueve años, hijo de madre estadounidense y padre danés recién fallecido, director de la sucursal de Dinamarca y su sucesor en el cargo que ella deja libre. Se sienta frente a ella. A partir de ahí, cada gesto profesional —un almuerzo que su padre orquesta con muy poca sutileza, una mano en la espalda camino al aparcamiento, la insistencia en tutearse— se convierte en un pulso entre lo que Amanda quiere controlar y lo que su cuerpo decide por su cuenta.
La novela avanza en primera persona, con el registro coloquial y veloz de una protagonista que se regaña a sí misma en voz interior y que convierte el humor en escudo. Bajo la comedia de oficina hay materia más densa: la culpa de haber sobrevivido a un parto, el trastorno alimentario que atravesó a los diecisiete años, la lesión que la sacó del ballet cuando estaba en la cima, el ejercicio adoptado como vía de escape por recomendación de su terapeuta. Y hay preguntas sembradas desde el primer capítulo que piden respuesta: por qué un director venido de Copenhague fue elegido para este traslado, qué separó a los hermanos Salvatore hace décadas, y cuánto tardará Amanda en admitir que estar sola y estar bien no eran exactamente lo mismo.
Es un romance contemporáneo de ambientación corporativa, con dinámica de tensión sostenida, familia como personaje coral y una ciudad que funciona menos como escenario que como carácter. Escrito por Edna Blasco P., el libro se dedica explícitamente a las lectoras que empezaron con la novela romántica juvenil y nunca pudieron parar: mismo motor emocional, protagonistas adultos y un mundo de pasarelas, contratos y despachos con vista a la Quinta Avenida.