Sofía Diez, bióloga madrileña de veintiocho años, conoce una noche de invierno a Alexandre Lefevbre, violinista monegasco de paso por la ciudad. Lo que empieza como un encuentro fugaz en una sala de baile se prolonga durante casi tres…
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Sofía Diez, bióloga madrileña de veintiocho años, conoce una noche de invierno a Alexandre Lefevbre, violinista monegasco de paso por la ciudad. Lo que empieza como un encuentro fugaz en una sala de baile se prolonga durante casi tres meses en forma de mensajes, fotografías y promesas aplazadas. Entre la espera y el recuerdo de sus amantes anteriores, la protagonista descubre hasta qué punto el deseo imaginado puede desplazar a la vida real. Novela erótica contemporánea narrada en primera persona.
Sofía —Sofy para quienes se acercan lo suficiente— tiene veintiocho años, trabaja en un laboratorio de Madrid y ha construido una vida ordenada alrededor de informes, plazos y relaciones que nunca la sacaron de su eje. Esa disciplina se resquebraja una noche de invierno, en una sala exclusiva de la capital, cuando una mano detiene la suya sobre la pantalla del móvil y una voz con acento francés le pide que espere a mañana. El desconocido es Alexandre Lefevbre, violinista monegasco de paso por la ciudad, y bastan unas horas de baile, conversación y besos para que Sofía intuya que ha entrado en un terreno que no sabe administrar.
Esa misma madrugada toma la decisión que organizará todo el relato: se marcha sola. Dice «ahora no, mañana», y el mañana nunca llega. Alexandre regresa a Mónaco, y lo que queda entre ambos es un hilo de mensajes que enseguida deja de ser cortés. Fotografías, confesiones, fantasías detalladas y una cita futura que se pospone sin fecha convierten la distancia en el escenario principal del deseo. La mujer racional que Sofía creía ser cede paso a otra que consulta el móvil, que mide las horas, que ensaya respuestas y que reconoce, sin del todo admitirlo, la forma de una obsesión.
La novela alterna ese presente de espera con una segunda línea narrativa hecha de memoria. Los cuerpos del pasado vuelven para llenar el vacío: Marcos, cuya ausencia todavía sabe amarga y cuya ternura contamina cada duda; Adrián, más joven, ligado a una madrugada de faroles y ciudad pequeña; un director de orquesta riojano conocido en un bar de Berlín, con quien la conversación duró seis horas y la historia no llegó a empezar. Cada evocación funciona como contrapunto: lo que Sofía tuvo y perdió frente a lo que solo ha imaginado.
Alrededor del eje amoroso, el libro deja respirar una vida cotidiana reconocible —el laboratorio, la comida con los padres en un restaurante argentino, las noches que las amigas imponen, una conversación de sobremesa con los compañeros de trabajo sobre los riesgos de las fotografías íntimas— que sirve de contraste realista al vértigo emocional de la protagonista. Ese cruce entre la rutina y la fantasía es, en buena medida, el tema del libro.
Escrita en primera persona y con abundante apelación directa al tú, la obra explora el erotismo como territorio de la imaginación más que del encuentro: el deseo aplazado, la seducción mediada por la pantalla, la distancia entre la persona real y el personaje que construimos para desearla. Narrada con explicitud sexual y destinada a un público adulto, avanza hacia el día largamente aplazado en que Sofía y Alexandre vuelvan a verse, y hacia la pregunta que la protagonista aún no se atreve a formular: qué queda de una fantasía cuando por fin toca un cuerpo.
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