Judd Foxman recibe la noticia de la muerte de su padre en el peor momento posible: su matrimonio acaba de estallar y vive de alquiler en el sótano de una casa ajena.
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Judd Foxman recibe la noticia de la muerte de su padre en el peor momento posible: su matrimonio acaba de estallar y vive de alquiler en el sótano de una casa ajena. La última voluntad del difunto —un ateo declarado— obliga a sus cuatro hijos adultos a encerrarse siete días bajo el mismo techo para guardar el luto ritual. La novela arranca ahí, en el cruce entre un duelo que nadie sabe expresar y una vida privada en ruinas, y avanza con un humor ácido que funciona menos como alivio que como síntoma.
La primera llamada lo dice todo. Wendy anuncia a su hermano que el padre ha muerto con el mismo tono con que se comenta el tráfico, y de inmediato pasa al detalle práctico: la propina del forense, el vuelo nocturno del marido, los tres niños que no puede dejar con la niñera. En la familia Foxman ninguna emoción llega intacta a la superficie; todo se filtra por una receta doméstica de ironía y evasión que los personajes reconocen en sí mismos sin poder desactivarla. El muerto, que fue un pionero de esa represión, deja una petición desconcertante: quiere que le guarden la Shivá, siete días de duelo compartido bajo el mismo techo, pese a haber sido ateo toda su vida.
El narrador es Judd, el segundo de cuatro hermanos. A su alrededor se ordena un mapa familiar preciso y reconocible: Wendy, capaz de decir cualquier verdad sin medir el daño; Paul, el mayor por dieciséis meses, con quien la convivencia solo funciona en dosis breves; Phillip, el pequeño llegado casi una década después, guapo, mimado, ignorado y perdido en un rastro de desapariciones, drogas y anécdotas imposibles de verificar; y una madre que siempre ocupó el centro del escenario mientras el padre comentaba desde el fondo. La enfermedad, contada en retrospectiva, ocupa su lugar exacto: los dolores ignorados durante meses, los antiácidos tomados como golosinas, el diagnóstico tardío, la cirugía, la quimioterapia y el largo descenso hasta un coma que se prolongó más de lo previsto. Cuando la muerte llega, no es un acontecimiento sino un cierre.
En paralelo, la novela desarma el matrimonio de Judd. Antes de salir hacia la casa familiar aparece Jen, su mujer en trámite de dejar de serlo, con una noticia que reabre una herida anterior: está embarazada, y no de él. La escena entre ambos condensa el tono del libro entero —dos personas que se conocen demasiado bien para hablarse sin hacerse daño— y desemboca en el recuerdo del día en que todo terminó. Judd llegó temprano a casa por el cumpleaños de Jen, con una tarta encendida, y encontró a su mujer con Wade Boulanger, el locutor radiofónico procaz para el que trabajaba como productor. Ese episodio, narrado con una minuciosidad casi clínica que oscila entre lo cómico y lo humillante, se resuelve en un desastre físico grotesco y en un silencio de nueve años evaporados en unos segundos.
Lo que sostiene el libro no es la peripecia sino la voz: una primera persona lúcida, sarcástica y profundamente cansada, que observa su propio derrumbe con la distancia de quien no sabe hacerlo de otro modo. Alrededor de esa voz se acumulan los temas: la herencia emocional que se transmite sin quererlo, la diferencia entre estar unidos y saber decírselo, el modo en que el deseo y el rencor comparten raíz, y la sospecha de que la familia es a la vez la trinchera y el frente. El velatorio obligatorio funciona como cámara de presión: siete días, una casa, cuatro hermanos adultos que hace tiempo dejaron de saber quiénes son entre ellos.
El resultado es una comedia negra sobre el duelo, escrita con diálogo rápido, escenas domésticas de gran precisión y una crudeza sexual y verbal que no busca escandalizar sino registrar. Su apuesta es sencilla y difícil: hacer reír con material que no tiene ninguna gracia y, en el mismo movimiento, dejar al descubierto lo que la risa estaba tapando.